Informe sobre el uso intensivo de pantallas en el entorno educativo

Evidencia científica sobre salud y aprendizaje en infancia y adolescencia

Documento elaborado por la Dra. María Vidal Denis, médica neurorradióloga y presidenta de la Asociación Educación Digital Responsable, a partir de revisión de literatura científica indexada en PubMed

Introducción

Durante la última década, la digitalización educativa se ha implantado de forma acelerada en los sistemas escolares, muchas veces bajo un supuesto que durante años apenas se cuestionó: que más tecnología equivalía, por sí misma, a mejor aprendizaje. Ese planteamiento pudo parecer razonable en una etapa de fascinación por lo novedoso, de expectativas pedagógicas elevadas y de confianza casi automática en la innovación digital. Pero esa inercia inicial ya no basta. A estas alturas disponemos de suficiente literatura biomédica y educativa como para abandonar los apriorismos y examinar la cuestión con más rigor y menos entusiasmo acrítico.

La evidencia actual no permite afirmar que la pantalla educativa sea perjudicial por definición. Lo que sí permite afirmar es algo más preciso y más importante: que una exposición alta y sostenida a pantallas en niños, niñas y adolescentes se asocia con efectos adversos sobre el sueño, la salud visual, el aparato locomotor, el sedentarismo y diversos indicadores de salud mental; y que, en paralelo, no existe una base sólida para sostener que aumentar de forma generalizada las horas de exposición digital en la escuela se traduzca en una mejora académica global proporcional a ese coste. Cuando el uso escolar obligatorio añade varias horas diarias de pantalla —y además esas horas computan dentro del tiempo total recomendado por las sociedades pediátricas—, es razonable considerar que contribuye de forma relevante a la carga total de exposición, aunque no siempre pueda aislarse milimétricamente qué parte del efecto corresponde solo al colegio.

Dicho de otro modo: hoy ya no estamos ante una discusión ideológica entre tecnófilos y tecnófobos. Estamos ante una cuestión de prudencia clínica, pedagógica y de salud pública. La pregunta ya no debería ser si la escuela puede usar tecnología, sino

cuánto, para qué, a qué edad, con qué evidencia de beneficio y a cambio de qué renuncias. Porque obligar a pasar muchas horas ante pantallas en nombre de la educación no es una decisión neutra. Es una intervención que afecta a hábitos biológicos, cognitivos y conductuales, y por tanto debe justificarse con algo más que la promesa genérica de “modernización”.

1. Lo que hoy sabemos con suficiente claridad: impacto en la salud

1.1 Sueño

Si hay un ámbito donde la señal científica es especialmente consistente, es el sueño. La revisión sistemática de Hale y Guan encontró que en el 90% de los estudios analizados el tiempo de pantalla se asociaba a peores resultados de sueño, sobre todo menor duración y retraso en el inicio. Una revisión posterior confirmó que el uso de medios electrónicos se asocia, en general, con sueño más corto en niños y adolescentes. Este punto es capital en edad escolar y adolescente: dormir peor no es un efecto accesorio, sino un factor que repercute directamente en atención, memoria, regulación emocional y aprendizaje al día siguiente.

1.2 Salud visual

También existe base suficiente para hablar con seriedad de fatiga visual y de riesgo ocular asociado a la sobreexposición. Las revisiones sobre digital eye strain describen un cuadro real de síntomas visuales y oculares ligados al uso prolongado de pantallas, incluyendo sequedad, visión borrosa, cefalea y malestar ocular. Además, una revisión sistemática encontró asociación entre tiempo de pantalla y miopía o prevalencia de miopía, y una revisión pediátrica reciente resume riesgos visuales como premiopía, miopía y fatiga visual digital. Esto no equivale a decir que “el ordenador escolar cause miopía” de forma lineal en cada niño, pero sí respalda la idea de que muchas horas de trabajo cercano, sostenido y sin pausas forman parte del problema visual contemporáneo.

1.3 Sistema musculoesquelético

La afectación musculoesquelética no es anecdótica ni una queja banal. La literatura relaciona el trabajo prolongado con pantalla y las posturas mantenidas con mayor frecuencia de dolor cervical, dolor de espalda y síntomas en extremidades superiores. En adolescentes, Hakala y colaboradores ya describieron que las actividades frecuentes relacionadas con ordenador aumentaban el riesgo de dolor cervical y lumbar, con umbrales de uso diario preocupantes. Revisiones posteriores sobre screen work siguen encontrando

incremento del riesgo de síntomas musculoesqueléticos, aunque con heterogeneidad metodológica. En contexto escolar esto adquiere especial relevancia, porque no se trata de ocio esporádico, sino de horas seguidas de trabajo cercano, sentado y con escasa variación postural.

1.4 Sedentarismo y desplazamiento de actividad física

Uno de los efectos menos espectaculares, pero más estructurales, es el desplazamiento de actividad física. El problema no es solo la pantalla en sí, sino lo que sustituye: movimiento, juego, descanso visual, aire libre, interacción cara a cara. Una revisión reciente de intervenciones escolares para reducir pantalla encontró que estas intervenciones consiguen una reducción modesta del tiempo de pantalla y un pequeño aumento de la actividad física, aunque sin cambios claros en IMC. Esto encaja con una idea cada vez más respaldada: cuando el uso escolar consume ya una parte sustancial del día, no estamos añadiendo simplemente una herramienta, sino reorganizando el ecosistema cotidiano del menor a favor del sedentarismo.

1.5 Salud mental, conducta y atención

En salud mental y conducta conviene expresarse con más cautela causal, pero no con indiferencia. Las revisiones y metaanálisis recientes encuentran asociaciones pequeñas pero significativas entre mayor tiempo de pantalla y problemas internalizantes y externalizantes, más síntomas conductuales y peor salud mental global. También se han descrito asociaciones con problemas de atención, y un metaanálisis reciente encontró correlación positiva entre mayor tiempo de pantalla y riesgo de síntomas de TDAH, con una Odds Ratio mayor cuando el uso superaba las dos horas diarias. Mucha de esta evidencia es observacional y mezcla diferentes tipos de pantalla —ocio, vídeo, redes, videojuegos, uso general—, por lo que no permite simplificaciones groseras; pero sí permite afirmar que la señal existe y que no es trivial.

2. Recomendaciones pediátricas: el tiempo también cuenta

Además de la evidencia científica sobre efectos en salud y aprendizaje, es importante recordar que las principales recomendaciones pediátricas ya incorporan límites temporales al uso de pantallas en infancia y adolescencia. Estos límites no pretenden reducir el debate únicamente a una cifra, porque el contenido, el contexto, el acompañamiento adulto y la finalidad del uso también son relevantes. Sin embargo, el tiempo de exposición sigue siendo una variable fundamental: el cuerpo y el cerebro de un menor no distinguen si una hora de pantalla se ha producido en casa o en el aula.

La Asociación Española de Pediatría, a través de su Plan Digital Familiar, recomienda usar los medios digitales el menor tiempo necesario y no rebasar las recomendaciones por edad: evitar el uso de pantallas de 0 a 6 años, menos de una hora diaria entre los 6 y los 12 años, y menos de dos horas diarias a partir de los 12 años, incluyendo expresamente el tiempo escolar y los deberes.

La Organización Mundial de la Salud, en sus recomendaciones para menores de 5 años, establece que el tiempo sedentario de pantalla no está recomendado en menores de 2 años y que, entre los 2 y los 4 años, no debería superar una hora diaria, siendo preferible menos. Además, cuando el niño está en situación sedentaria, se recomienda priorizar la lectura y la narración de cuentos con el cuidador.

La Academia Americana de Pediatría ha evolucionado hacia un enfoque menos basado en una cifra universal para todas las edades y más centrado en la calidad del contenido, el contexto de uso, el acompañamiento adulto, el sueño, el juego, la actividad física y las relaciones. Aun así, insiste en que las familias deben establecer límites claros y planes de uso mediático.

Por tanto, aunque el contenido educativo sea mejor que el contenido puramente recreativo, el tiempo escolar de pantalla no puede considerarse invisible. Si un centro educativo exige varias horas diarias de uso digital, esa exposición debe computar dentro del total recomendado. De lo contrario, se traslada a las familias una responsabilidad imposible: cumplir límites pediátricos en casa mientras la propia institución escolar consume buena parte —o incluso la totalidad— de ese margen diario.

3. El punto incómodo: más pantallas no ha demostrado una mejora académica global

Aquí es donde el discurso dominante suele resquebrajarse. Porque, si el coste en salud existe, al menos cabría esperar una ganancia educativa clara. Sin embargo, esa ganancia global no está demostrada. El metaanálisis de Adelantado-Renau y colaboradores concluyó que el tiempo total de pantalla no se asociaba de forma significativa con mejor rendimiento académico global. Es decir, el balance no respalda la idea simplista de que digitalizar más sea sinónimo de aprender más.

Más aún: cuando la literatura analiza la relación entre pantallas y resultados académicos o psicosociales, la conclusión suele ser que el efecto depende del tipo de contenido, del contexto, del momento de uso y del tiempo total, pero eso no absuelve a la exposición acumulada. Al contrario: refuerza la necesidad de medirla y limitarla. También en estudios observacionales recientes, más tiempo de pantalla se ha asociado con peor

salud mental, más problemas conductuales, peor sueño y menor rendimiento académico, aunque con tamaños de efecto moderados. Esto obliga a abandonar el argumento perezoso de que “si es para el colegio no cuenta”. Sí cuenta. Cuenta biológicamente, cuenta conductualmente y cuenta en el total diario de exposición.

4. ¿Hay beneficios educativos? Sí, pero mucho más modestos y específicos de lo que se prometió

Sería un error responder a un exceso de entusiasmo con un rechazo indiscriminado. La evidencia no dice que toda tecnología educativa sea inútil. Algunas revisiones muestran que determinadas intervenciones bien diseñadas con dispositivos móviles pueden mejorar habilidades concretas, especialmente en áreas como lectoescritura o numeración en educación primaria. Otras revisiones sobre aprendizaje mediado por tecnología subrayan que puede haber ventajas cuando el uso responde a objetivos claros,integra interacción, se diseña adecuadamente y se evalúa por resultados reales, no solo por satisfacción o novedad.

Sin embargo, en este punto conviene introducir un matiz relevante que rara vez se incorpora al debate: no todos los soportes son equivalentes para aprender. La evidencia disponible indica que, en procesos cognitivos básicos como la lectura, la memoria y la escritura, el formato analógico presenta ventajas consistentes frente al digital, especialmente en edades de desarrollo.

En el ámbito de la lectura, diversos estudios han mostrado que la comprensión profunda de textos es, en promedio, mejor cuando se realiza en papel que en pantalla, especialmente en tareas que requieren integración de la información, inferencias y comprensión global. Este fenómeno, descrito como screen inferiority effect, se acentúa en textos largos y bajo presión de tiempo. Entre los factores que lo explican se encuentran una tendencia a la lectura más superficial en pantalla, una menor regulación metacognitiva —los lectores creen entender más de lo que realmente comprenden— y una mayor fragmentación de la atención.

En relación con la memoria y el aprendizaje, la diferencia entre papel y pantalla no es únicamente de formato, sino de procesamiento cognitivo. La lectura en papel favorece una codificación más profunda de la información, mientras que el entorno digital tiende a promover un procesamiento más superficial y fragmentado, asociado a estrategias de lectura en diagonal (skimming). Esto tiene implicaciones directas: el soporte no es neutro y condiciona el tipo de aprendizaje que se produce.

En el ámbito de la escritura, la evidencia es igualmente consistente. La toma de apuntes a mano se asocia con mejores resultados de aprendizaje que el uso de dispositivos digitales. Mientras que el teclado favorece la transcripción literal, la escritura manual obliga a procesar, sintetizar y reorganizar la información, lo que facilita una codificación más profunda y una mejor retención. Estudios recientes con neuroimagen respaldan esta diferencia, mostrando una activación cerebral más amplia durante la escritura a mano en comparación con el tecleo. En etapas iniciales del desarrollo, esto adquiere aún más relevancia, al contribuir al desarrollo del lenguaje, la memoria y la integración visoespacial.

Estos hallazgos no implican excluir la tecnología del entorno educativo, pero sí cuestionan la idea de que su uso intensivo sea neutro o intercambiable con los formatos tradicionales. En particular, sugieren que aumentar de forma estructural el tiempo de exposición digital en tareas que constituyen la base del aprendizaje —leer, comprender, memorizar y escribir— puede no solo no aportar beneficios, sino desplazar herramientas que, a día de hoy, siguen mostrando mayor eficacia.

Precisamente ahí está el matiz decisivo: los beneficios de la tecnología, cuando existen, dependen del diseño pedagógico, la calidad de la implementación, la adecuación a la edad y la evaluación de resultados. No se derivan del aumento indiscriminado del tiempo de exposición. Convertir una herramienta potencialmente útil en un uso intensivo y estructural no es una extrapolación respaldada por la evidencia.

Con la gamificación ocurre algo similar. Algunas revisiones muestran mejoras en motivación o disfrute en contextos concretos, pero esto no equivale a demostrar una mejora académica amplia, sostenida y generalizable. Que algo resulte más atractivo no implica necesariamente que sea más eficaz para aprender, ni que compense una mayor exposición digital.

5. Lo que se prometió y lo que realmente ha demostrado la evidencia

Durante años se instaló una narrativa casi incuestionable: más dispositivos, más innovación, más competencias. Pero la evidencia acumulada obliga a matizar seriamente ese relato. Hoy sabemos bastante mejor que no hay una mejora académica global clara derivada del simple aumento del uso de pantallas; que sí existen señales consistentes de perjuicio en varias dimensiones de la salud; y que el verdadero problema no es solo lo que las pantallas aportan, sino aquello que desplazan. La cuestión, por tanto, no es tecnológica, sino de proporcionalidad, de prioridades y de límites.

En este contexto, mantener altas cargas obligatorias de pantalla en la escuela sin una evaluación rigurosa de beneficios y sin considerar sus costes sobre sueño, visión, postura, actividad física y bienestar psicológico resulta difícil de justificar. Quizá hace años podía entenderse la ceguera institucional ante lo que sonaba a novedoso. Hoy esa ceguera es menos excusable. A estas alturas, seguir equiparando digitalización con progreso pedagógico automático ya no parece una apuesta innovadora, sino una simplificación cada vez más difícil de defender.

Conclusión

A la luz de la evidencia científica disponible y de las recomendaciones pediátricas actuales, puede sostenerse con rigor que la exposición intensiva a pantallas en infancia y adolescencia no es neutra para la salud y se asocia con efectos adversos en sueño, salud visual, sistema musculoesquelético, sedentarismo y algunos indicadores de salud mental. También puede sostenerse que no existe evidencia sólida de que el aumento generalizado del tiempo de uso de dispositivos en el aula mejore de forma clara el rendimiento académico global. Los posibles beneficios educativos de la tecnología, cuando existen, dependen de intervenciones concretas, bien diseñadas, limitadas y evaluadas, no del incremento indiscriminado de horas de exposición.

En este contexto, las recomendaciones de tiempo de pantalla no deben interpretarse como un asunto exclusivamente doméstico. Si el tiempo escolar y los deberes digitales forman parte de la exposición diaria total, también deben formar parte de la responsabilidad institucional. La escuela no puede pedir a las familias que limiten las pantallas mientras organiza una parte sustancial del aprendizaje ordinario alrededor de ellas.

Por ello, la digitalización educativa debería regirse por criterios de necesidad pedagógica real, proporcionalidad, edad, minimización de daño y evaluación de resultados. Aumentar las horas de pantalla en la escuela sin beneficio claro y con una literatura creciente sobre sus riesgos no es una decisión pedagógica neutra. Es una decisión con implicaciones en la salud y, como tal, merece una revisión seria.

Bibliografía -en formato Vancouver con enlace directo a PubMed-

Salud y efectos generales

Stiglic N, Viner RM. Effects of screentime on the health and well-being of children and adolescents: a systematic review of reviews. BMJ Open. 2019;9(1):e023191.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30606703/

Sanders T, Noetel M, Parker P, et al. An umbrella review of the benefits and risks associated with youths’ interactions with electronic screens. J Pediatr. 2024;266:113849.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/37957284/

Presta V, Tafuri S, Diella G, et al. The impact of digital devices on children’s health: a systematic literature review. Children (Basel). 2024;11(11):1320.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/39584889/

Sueño

Hale L, Guan S. Screen time and sleep among school-aged children and adolescents: a systematic literature review. Sleep Med Rev. 2015;21:50-58.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/25193149/

Lund L, Sølvhøj IN, Danielsen D, Andersen S. Electronic media use and sleep in children and adolescents in western countries: a systematic review. J Sleep Res. 2021;30(1):e13163. https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/34587944/

Salud visual

Lanca C, Saw SM. The association between digital screen time and myopia: a systematic review. Ophthalmic Physiol Opt. 2020;40(2):216-229.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/31943280/

Mataftsi A, Seliniotaki AK, Moutzouri S, et al. Digital eye strain in young screen users: a systematic review. Prev Med. 2023;170:107493.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/36977430/

Bozzola E, Carrassi A, Spina G, et al. Media device use and vision disorders in the pediatric age: the state of the art. Children (Basel). 2024;11(11):1319.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/39594982/

Musculoesquelético

Hakala PT, Rimpelä AH, Saarni LA, Salminen JJ. Frequent computer-related activities increase the risk of neck-shoulder and low back pain in adolescents. Eur J Public Health. 2006;16(5):536-541.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/16524936/

Coenen P, van der Molen HF, Burdorf A, Huysmans MA, van der Beek AJ. Associations of screen work with neck and upper extremity symptoms: a systematic review with meta-analysis. Occup Environ Med. 2019;76(7):502-509.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30894425/

Thorud HMS, Mork R, Bjørset CO, et al. Laboured reading and musculoskeletal pain in school children. BMC Pediatr. 2022;22(1):416.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35831809/

Salud mental y atención

Eirich R, McArthur BA, Anhorn C, et al. Association of screen time with internalizing and externalizing behavior problems. JAMA Psychiatry. 2022;79(5):393-405.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35293954/

Paulich KN, Ross JM, Lessem JM, Hewitt JK. Screen time and early adolescent mental health. Prev Med Rep. 2021;24:101608.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/34496002/

Santos RMS, Zhang Z, Pereira JR, et al. The association between screen time and attention in children. Dev Neuropsychol. 2022;47(2):175-192.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35430923/

Liu H, Chen X, Huang M, et al. Screen time and childhood ADHD: a meta-analysis. Rev Environ Health. 2023;39(4):643-650.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/37163581/

Rendimiento académico y educación digital

Adelantado-Renau M, Moliner-Urdiales D, Cavero-Redondo I, et al. Association between screen media use and academic performance. JAMA Pediatr. 2019;173(11):1058-1067. https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/31545344/

Dorris C, Winter K, O’Hare L, Lwoga ET. Mobile device use in primary school classroom. Rev Educ Res. 2024.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/38911050/

Scott KM, Baur L, Barrett J. Technology-enhanced learning in health professionals. J Contin Educ Health Prof. 2017;37(1):61-66.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/28252469/

Lai NM, Chaiyakunapruk N, Ng CJ, et al. School-based interventions for reducing screen time. J Paediatr Child Health. 2025.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40660635/

Sal-de-Rellán A, et al. Gamification and motivation in adolescents. 2025.

https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40196203/

Alotaibi MS, et al. Game-based learning in early childhood education. 2024.

https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/38629045/

Lectura, memoria y escritura (clave de tu nuevo bloque)

Delgado P, Vargas C, Ackerman R, Salmerón L. Don’t throw away your printed books. Educ Res Rev. 2018;25:23-38.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/31457091/

Mueller PA, Oppenheimer DM. The pen is mightier than the keyboard. Psychol Sci. 2014;25(6):1159-1168.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24760141/

Van der Meer ALH, van der Weel FR. Handwriting vs typing and brain activation. Front Psychol. 2020;11:1810.
https: //pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32903655/

Recomendaciones institucionales

Asociación Española de Pediatría. Plan Digital Familiar. Recomendaciones por edad para el uso de medios digitales.
https: //plandigitalfamiliar.aeped.es/

Asociación Española de Pediatría. Plan Digital Familiar. Infografía de recomendaciones.

https: //plandigitalfamiliar.aeped.es/downloads/plan_digital_familiar_inf.pdf

World Health Organization. Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age. 2019.
https: //www.who.int /publications/i/item/9789241550536

American Academy of Pediatrics. Screen Time Guidelines. 2025.

https: //www.aap.org/en/patient-care/media-and-children/center-of-excellence-on-social-media-and-youth-mental-health/qa-portal/qa-portal-library/qa-portal-library-questions/scree n-time-guidelines/

American Academy of Pediatrics. Understanding the New AAP Digital Media Guidelines. 2026.
https: //www.aap.org/en/patient-care/media-and-children/center-of-excellence-on-social-me dia-and-youth-mental-health/understanding-the-new-AAP-digital-media-guidelines/

Microbiota y Trastornos del Sueño

Microbiota y Trastornos del Sueño: Un vínculo más profundo de lo que pensamos.

¿Sabías que la calidad de tu sueño podría estar relacionada con las bacterias que habitan en tu intestino? Aunque a menudo pensamos que los trastornos del sueño, como el insomnio, son solo problemas del cerebro, investigaciones recientes muestran que la microbiota intestinal —el conjunto de microorganismos que viven en nuestro intestino— juega un papel fundamental en nuestro descanso. Esta relación funciona en ambos sentidos, lo que significa que la salud intestinal y el sueño están profundamente interconectados. A continuación, exploraremos cómo estos dos factores se influyen mutuamente y qué podemos hacer para mejorar ambos.

La Microbiota Intestinal: Un “Cerebro” menos conocido

Nuestro intestino alberga billones de bacterias que no solo ayudan a digerir los alimentos, sino que también cumplen funciones cruciales para nuestra salud general. Entre estas funciones destaca la regulación del sistema inmune, el metabolismo y, lo más fascinante, su conexión con el cerebro a través del eje intestino-cerebro. Este sistema permite que las señales químicas, hormonales e inmunológicas viajen entre el intestino y el cerebro, influyendo en aspectos como el estado de ánimo, el comportamiento y, por supuesto, el sueño (Carabotti et al., 2015).

Cuando la microbiota intestinal se ve alterada —un fenómeno conocido como disbiosis— se pueden desencadenar una serie de cambios que afectan tanto a la salud física como mental, incluyendo trastornos del sueño. Un ejemplo claro es la producción de neurotransmisores como la serotonina, que, además de estar relacionada con el estado de ánimo, también es la precursora de la síntesis de melatonina, la hormona que regula nuestro ciclo de sueño-vigilia (Reynolds et al., 2017).

¿Cómo impacta el sueño en la Microbiota?

El sueño y la microbiota intestinal no solo se influencian, sino como decíamos, es una relación bidireccional. Esto significa que, cuando no dormimos bien, nuestra microbiota también sufre. La privación crónica del sueño puede alterar el equilibrio bacteriano y desencadenar una serie de efectos negativos, tales como:

  • Menor diversidad microbiana: Un factor clave para una microbiota saludable. La falta de sueño puede reducir la variedad de bacterias, lo que afecta negativamente al sistema inmunológico y al metabolismo (Benedict et al., 2012).
  • Aumento de la permeabilidad intestinal (“intestino permeable”): La falta de descanso puede dañar la barrera intestinal, permitiendo que sustancias dañinas entren al torrente sanguíneo, lo que genera inflamación (Anderson et al., 2017).
  • Alteración en la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC): Estos compuestos, como el butirato, son cruciales para la salud cerebral y tienen propiedades antiinflamatorias. El butirato se produce a partir de la fermentación de la fibra por parte de las bacterias intestinales y, cuando no se produce en cantidades adecuadas debido a una microbiota desequilibrada o la falta de sueño, se puede afectar tanto el estado de ánimo como la función cerebral (Zhu et al., 2020).

¿Y qué hay de la Microbiota en los Trastornos del Sueño?

Por otro lado, los trastornos del sueño también pueden empeorar el estado de la microbiota. La disbiosis intestinal puede generar problemas adicionales para dormir, como:

  • Producción insuficiente de neurotransmisores: La alteración de la microbiota puede dificultar la producción de neurotransmisores esenciales como el GABA y la serotonina, que son fundamentales para inducir el sueño y la relajación (Clarke et al., 2014).
  • Aumento de la inflamación: La inflamación de bajo grado, provocada por una microbiota desequilibrada, afecta el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA), que regula nuestra respuesta al estrés. Esto hace que el cuerpo esté en un estado de alerta constante, dificultando la conciliación del sueño (Mäkelä et al., 2021).

Estrategias para Mejorar el Sueño y la Salud Intestinal

La buena noticia es que existen estrategias que podemos incorporar a nuestra vida diaria para mejorar tanto la calidad del sueño como la salud de la microbiota intestinal. Algunas recomendaciones basadas en la ciencia incluyen:

  1. Incluir prebióticos y probióticos en la dieta: Los prebióticos, que se encuentran en alimentos como el ajo, las cebollas, el plátano o los espárragos, alimentan las bacterias buenas del intestino. Los probióticos como el yogur, el kéfir o el chucrut, repueblan el intestino con bacterias beneficiosas. Ambos son cruciales para equilibrar la microbiota y mejorar el sueño.
  2. Consumir alimentos ricos en triptófano: Este aminoácido es fundamental para producir serotonina y melatonina. Alimentos como carnes magras, huevos, frutos secos y plátanos son excelentes fuentes de triptófano.
  3. Favorecer la producción de butirato: El butirato es un ácido graso de cadena corta producido por las bacterias intestinales a partir de la fibra. Tiene efectos antiinflamatorios, favorece la salud cerebral y regula el estado de ánimo. Para promover su producción, es esencial consumir alimentos ricos en fibra, como legumbres, frutas (especialmente manzanas y peras), verduras (como la alcachofa o el brócoli) y cereales integrales. Estos alimentos no solo mejoran la salud intestinal, sino que también favorecen un sueño más reparador al reducir la inflamación y promover un ambiente adecuado para el descanso.
  4. Evitar cenas pesadas y ultraprocesados: Comer tarde o consumir alimentos difíciles de digerir puede alterar el equilibrio intestinal y empeorar el sueño. Opta por cenas ligeras y fáciles de digerir para un mejor descanso nocturno.
  5. Gestionar el estrés: Técnicas como la meditación, el yoga o la respiración profunda no solo son útiles para reducir el estrés, sino que también pueden favorecer una microbiota equilibrada y promover un sueño más reparador.
  6. Establecer una rutina de sueño consistente: Mantener horarios regulares para dormir y despertar ayuda a sincronizar el ritmo circadiano, lo que beneficia tanto al cerebro como al intestino, favoreciendo un ciclo de sueño saludable.

En Psycolab, consideramos que este campo de investigación es esencial para comprender mejor la conexión entre el sueño y la microbiota intestinal. Esto permitirá desarrollar estrategias preventivas que mejoren la calidad de ambos y ayuden a prevenir diversas enfermedades.

Cuidar de nuestra microbiota y mantener hábitos de sueño saludables son pasos clave para promover una buena salud integral. Sin embargo, es importante recordar que cada persona es única. Si los problemas de sueño persisten o no tienes claro cómo mejorar tu alimentación, te recomendamos acudir a un especialista que pueda ofrecerte un enfoque personalizado y adaptado a tus necesidades.

Además, te invitamos a nuestra Exposición de EXCRETA, donde podremos resolver cualquier duda que tengas sobre este fascinante tema. Y recuerda: no subestimes el poder de dormir bien y mantener un intestino contento. ¡Tu cuerpo te lo agradecerá!

Referencias

  • Anderson, J. R., et al. (2017). The impact of sleep deprivation on barriers to optimal health: Gut permeability and inflammation. Experimental Biology and Medicine, 242(12), 1376-1384. https://doi.org/10.1177/1535370217703977
  • Benedict, C., et al. (2012). Gut microbiota and sleep–wake regulation. Current Opinion in Clinical Nutrition & Metabolic Care, 15(6), 571-577. https://doi.org/10.1097/MCO.0b013e328358d30a
  • Carabotti, M., et al. (2015). The gut-brain axis: Interactions between enteric microbiota, central and enteric nervous systems. Annals of Gastroenterology, 28(2), 203-209.
  • Clarke, G., et al. (2014). Minireview: Gut microbiota: The neglected endocrine organ. Molecular Endocrinology, 28(8), 1221-1238. https://doi.org/10.1210/me.2014-1108
  • Mäkelä, S., et al. (2021). The role of gut microbiota in the relationship between chronic stress and sleep. Frontiers in Psychiatry, 12, 674519. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2021.674519
  • Reynolds, A. C., et al. (2017). Impact of five nights of insufficient sleep on glucose metabolism, leptin and gut microbiota. Journal of Sleep Research, 26(6), 725-734. https://doi.org/10.1111/jsr.12531
  • Zhu, L., et al. (2020). Gut microbiota and sleep: Advances and challenges. Current Opinion in Clinical Nutrition & Metabolic Care, 23(2), 90-95. https://doi.org/10.1097/MCO.0000000000000624

Los días 17, 18, 24 y 25 de enero de 2025, tendrás la oportunidad de consultar a nuestros especialistas tus dudas sobre cómo afecta tu microbiota a tu salud mental o al neurodesarrollo de tu bebé.

Recuerda que durante la exposición, nuestros especialistas no ofrecerán formaciones regladas, sino que estarán en las instalaciones para que te dirijas a ellos cuando quieras.

Más adelante publicaremos fechas en las que sí realizaremos una Jornada de Formación sobre Microbiota y Psicobioma más reglada.

Consulta horarios de la exposición y la asistencia de nuestros especialistas AQUÍ.

Apúntate!!!

Lucía Puorto
Psicóloga/Councellor

Insomnio infanto-juvenil y conductas disruptivas

INFLUENCIA DEL INSOMNIO INFANTIL Y ADOLESCENTE EN EL AUMENTO DE LAS CONDUCTAS DISRUPTIVAS:

¿Cómo influye el insomnio a nuestras vidas?

Es una realidad que el insomnio, también conocido como trastorno del sueño, es el más frecuente en la comunidad y también es una de las causas por la que la población suele visitar las Unidades de Sueño.

Normalmente, el insomnio es más perjudicial en el sexo femenino, pero cada vez se dan más casos en los que también afecta a hombres y niños y niñas en la edad infantil y sobre todo en la adolescencia.

Según la clasificación internacional de los trastornos de sueño (ICTS-3), publicada en 2014, el insomnio se define como una dificultad persistente en el inicio del sueño, su duración, consolidación o calidad que ocurre a pesar de la existencia de adecuadas circunstancias y oportunidad para el mismo y que se acompaña de un nivel significativo de malestar o deterioro de las áreas social, laboral, educativa, académica, conductual o en otras áreas importantes del funcionamiento humano.

La clasificación de enfermedades de la OMS, en su décima revisión (CIE-10), requiere para el diagnóstico de insomnio que la dificultad para iniciar o mantener el sueño, o no tener un sueño reparador, dure al menos un mes y que, además, se acompañe de fatiga diurna, sensación de malestar personal significativo y deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad personal

Insomnio infantil: la Academia Americana de Medicina del Sueño en su segunda edición (ICSD-2) lo define como: «Dificultad mantenida, a pesar de la oportunidad de dormir y en función de la edad, para iniciar o mantener el sueño o su calidad que provoca alteraciones funcionales en el niño y/o familia»

El principal síntoma del insomnio en adolescentes es que el sueño no es reparador, aunque se duerma un número de horas adecuado, provocando somnolencia y cansancio diurno debido, entre otras causas, al retraso a la hora de acostarse y a la falta de conciliación de un sueño profundo.

Es una realidad que, cuando no dormimos lo suficiente, podemos sentirnos cansado o incluso que nuestro rendimiento no es el adecuado, haciendo hincapié en la capacidad de pensar con franqueza, en la forma de reaccionar con rapidez y en la forma de construir recuerdos.

Los adultos (si eres mujer incluso un poco más), necesitamos una media de siete horas de sueño reparador en un horario análogo, es decir, para obtener un sueño reparador y de calidad, deberíamos dormir siempre a la misma hora para así habituar al cuerpo y hacer una rutina de descanso.

En el caso de los adolescentes, es recomendable que el tiempo de sueño oscile entre nueve y diez horas y en niños de 6 a 13 años, se sugiere que duerman una media de diez a once horas.

A lo largo de este post hemos podido hablar del número de horas adecuado que debe dormir una persona dependiendo de su edad pero, ¿Cómo afecta el no dormir adecuadamente o que se necesiten más horas para descansar?

En casos graves puede existir la disminución del apetito, problemas de crecimiento e incluso trastornos de conducta como pueden ser la irritabilidad, hiperactividad e incluso la agresividad. Si nos centramos en la escuela, también puede derivar en ella con trastornos en el rendimiento escolar ya que los alumnos están más adormecidos e irritables por haber pasado una “mala noche” o no haber dormido lo suficiente, por el simple hecho de haberse quedado viendo la televisión o incluso jugando a algún videojuego. Esto suele suceder porque normalmente los niños y niñas no tienen un horario establecido para irse a dormir por las noches, por lo que, esto desencadena a que los discentes cuando llegan a la escuela se encuentren con mucho sueño, sobre todo las primeras horas de clase, lo que les conlleva a la falta de concentración.

Un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universiada de Ramón Llull, han demostrado que los niños y niñas de entre seis y siete años que no duermen las horas necesarias y tienen hábitos de sueño incorrectos, obtienen peores resultados académicos.

Un sueño adecuado desempeña un papel crítico en el desarrollo precoz del cerebro, en el aprendizaje y en la consolidación de la memoria, y, por otro lado, los trastornos del sueño se relacionan en forma directa con problemas conductuales y pobre regulación emocional (Journal Psyc Res 54 (2003) 587-597).

Es un hecho que durante todo el día nos exigimos mucho en cuanto al trabajo, familia, recados… Sin pensar en que también deberíamos dedicarle tiempo ha estar relajados, ya que lo que primero suprimimos es el sueño. Sin embargo, no le damos la importancia que tiene el descansar ya que la falta de sueño afecta a la salud física como a la mental.

Debemos encontrar tiempo para relajarnos para sentirnos completos a nivel mental, social, familiar y físico.

Por Nieves López-Brea Serrat, Neuropsicóloga Infanto-Juvenil y Paula Díaz CerdánMaestra de Educación Infantil, Máster de Principales Problemas de Conducta en Centros Educativos.

Reservar Cita

REFERENCIAS:

American Academy of Sleep Medicine. International classification of sleep disorders. 3.ª ed. Darien (IL): American Academy of Sleep Medicine 2014

Inicio – SES Sociedad Española de Sueño (no date). Available at: https://ses.org.es/wp-content/uploads/2016/12/guia-de-insomnio-2016.pdf (Accessed: March 3, 2023).

https://ses.org.es/wp-content/uploads/2016/12/guia-de-insomnio-2016.pdf

Falta de sueño y problemas de Conducta (2012) Consumer. Available at: https://www.consumer.es/salud/falta-de-sueno-y-problemas-de-conducta.html (Accessed: March 17, 2023).

https://www.consumer.es/salud/falta-de-sueno-y-problemas-de-conducta.html

Pin Arboledas, G. et al. (2017) Insomnio en niños Y Adolescentes. Documento de Consenso, Anales de Pediatría. Elsevier. Available at: https://analesdepediatria.org/es-insomnio-ninos-adolescentes-documento-consenso-articulo-S1695403316302090 (Accessed: March 3, 2023).

https://www.analesdepediatria.org/es-insomnio-ninos-adolescentes-documento-consenso-articulo-S1695403316302090 – :~:text=Insomnio%20infantil%3A%20la%20Academia%20Americana,o%20familia%C2%BBUna%20latencia%20de

Manises, S. (2022) Insomnio en adolescentes, ¿Por qué pueden aparecer los trastornos del sueño y cómo evitarlos?, Hospital Manises. Hospital Manises. Available at: https://www.hospitalmanises.es/blog/insomnio-adolescentes/ (Accessed: March 3, 2023).

https://www.hospitalmanises.es/blog/insomnio-adolescentes/ – :~:text=El%20principal%20s%C3%ADntoma%20del%20insomnio,conciliaci%C3%B3n%20de%20un%20sue%C3%B1o%20profundo.

Sarrais, F. and de Castro Manglano, P. (no date) El Insomnio, Anales del Sistema Sanitario de Navarra. Gobierno de Navarra. Departamento de Salud. Available at: https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1137-66272007000200011+-+%3A~%3Atext (Accessed: March 3, 2023).

https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1137-66272007000200011 – :~:text=La%20clasificaci%C3%B3n%20de%20enfermedades%20de,de%20malestar%20personal%20significativo%20y

Trastornos del sueño y su influencia en la conducta (2006) Medwave. Available at: https://www.medwave.cl/puestadia/cursos/3361.html#:~:text=Un%20sue%C3%B1o%20adecuado%20desempe%C3%B1a%20un,2003)%20587%2D597). (Accessed: March 17, 2023).

https://www.medwave.cl/puestadia/cursos/3361.html#:~:text=Un%20sue%C3%B1o%20adecuado%20desempe%C3%B1a%20un,2003)%20587%2D597).

Ramón Cladellas, Andrés Chamarro, María del Mar Badia, Ursula Oberst y Xavier Carbonell. “Efectos de las horas y los hábitos de sueño en el rendimiento académico de niños de 6 y 7 años: un estudio preliminar”, Cultura y Educación 23(1):119-128, 2011.

Trastorno por estrés postraumático (TEPT)

Trastorno por estrés postraumático (TEPT)

La gran mayoría de personas han sufrido o sufrirán, en algún momento de su vida, una experiencia traumática o que conlleve un gran impacto emocional. Cuando, a raíz de esto, aparece una sintomatología desadaptativa que genera malestar e influye en la vida diaria de la persona podemos estar ante un trastorno por estrés postraumático.

(Baile Ayensa y Rabito Alcón, 2020)

¿Qué observamos cuando esto ocurre?:

  • Reexperienciación del suceso: puede presentarse en forma de recuerdos intrusivos, flashbacks o pesadillas.
  • Evitación de todo lo relacionado con la circunstancia: tanto pensamientos o recuerdos como lugares y personas que evoquen el hecho traumático.
  • Presencia de conductas y emociones que interfieren en el día a día: hipervigilancia o reacciones de sobresalto exageradas. Esta problemática puede alargarse varias semanas, deteriorando las áreas importantes para el funcionamiento diario.

En ciertas ocasiones, la experiencia traumática es tan grave y/o continuado en el tiempo que puede desarrollarse un tipo de trastorno por estrés postraumático complejo. Por ejemplo, puede aparecer en veteranos de guerra, personas secuestradas, víctimas de violencia y/o abusos sexuales, pero también ante catástrofes naturales, accidentes graves o ser testigo de muertes violentas. Además de los síntomas típicos del trastorno por estrés postraumático se unen problemas de regulación del afecto, sentimientos de vergüenza, culpa o fracaso y dificultades para relacionarse con los demás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por tanto, la gravedad de la sintomatología depende de diferentes factores:

  • Intensidad o gravedad del suceso traumático: grado de exposición, duración, severidad, probabilidad de que no haya finalizado o pueda volver a repetirse.
  • Vulnerabilidad personal.
  • Percibir el suceso como inevitable o no.
  • Culpabilidad ante el hecho.
  • Apoyo social.
  • Factores previos: edad, género, exposición previa a la circunstancia, sufrir otros sucesos traumáticos en la infancia o a lo largo de la vida, antecedentes psiquiátricos.

Pero ¿por qué, ante un mismo hecho, les ocurre a unas personas y a otras no?  En el trastorno por estrés postraumático entran en juego muchas variables que interactúan entre sí. En primer lugar, una predisposición genética que determina una mayor vulnerabilidad psicológica para enfrentarse a situaciones estresantes (éstas, a su vez, mediadas por experiencias del pasado), el tipo de reacción durante el evento traumatizante y la ausencia de apoyo social tras el mismo.

Por tanto, se inicia un proceso de aprendizaje en el cual, por un lado, se asocian diversos estímulos al evento estresante y, por otro, se refuerzan las conductas y pensamientos que se realizan para evitar enfrentarse al problema.

Muchas personas llevan una vida de sufrimiento al creer que este tipo de estrés les acompañará siempre, pero existe suficiente evidencia como para saber que un tratamiento eficaz reduce los síntomas asociados como la ansiedad, los problemas de sueño y las dificultades de concentración.

Por Desirée Castellano Olivera, Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga.

ALTERACIONES DEL RITMO VIGILIA-SUEÑO EN NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES

Los ritmos circadianos son cambios físicos, psicológicos y conductuales que siguen un ciclo diario de 24 horas y que responden a la luz y a la oscuridad. Por ejemplo, dormir de noche y estar despierto por el día sería un ejemplo de ritmo circadiano. Y no sólo los encontramos en las personas, sino también en los animales, las plantas y muchos microbios. Su estudio se llama cronobiología.

Nuestros relojes biológicos son innatos, están compuestos por proteínas que interactúan con todo nuestro organismo para producir los ritmos circadianos, regular su programación y sincronizarlos.

Nuestro reloj biológico tiene unas 20.000 neuronas reunidas en el núcleo supraquiasmático, ubicado en el hipotálamo cuya información proviene directamente de los ojos, por lo que los ritmos circadianos son muy sensibles a la luz del día, haciendo que se activen o se desactiven los genes que controlan los relojes biológicos.

Este sistema está compuesto por marcapasos centrales, osciladores periféricos (hepático y cardiaco), un reloj molecular (bucles de retroalimentación positiva y negativa que dan lugar a ritmos de expresión génica), la retina, la glándula pineal y vías de entrada y salida de información.

Todos los órganos de nuestro cuerpo tienen su propio oscilador circadiano que, dirigidos por nuestro núcleo supraquiasmático, mantienen un orden temporal adecuado y orquestado, y favorece nuestra salud. Es cuando se desacoplan por los motivos que os hablaremos ahora, cuando se convierten en osciladores autónomos con su propia estructura circadiana, generando algunos problemas críticos en el individuo.

Durante los seis primeros meses de la vida de un bebé, irán apareciendo los ritmos circadianos y se irán madurando, pero la interacción sincrónica “mamá-bebé”, será determinante para que se establezcan unos correctos ciclos de sueño. Antes de esos seis meses, es común que se produzcan desajustes y se inviertan los ciclos de sueño-vigilia, que, si no se regulan adecuadamente, producirán una cronodisrupción del reloj biológico.

Los ritmos circadianos controlan la producción de melatonina, la hormona que hace que nos entre sueño por la noche, y dejemos de tenerlo por la mañana (con una diferencia de unas pocas horas según la edad que tengamos). Y ahora además se está estudiando como guardián del cerebro frente al coronavirus (Covid-19).

La información de “luz” que reciben los nervios ópticos por el día o por dispositivos móviles, es interpretada por el cerebro de tal manera que, si hay luz, el cerebro no activará la producción de melatonina para dormirnos. La ausencia de luz (porque sea de noche, o porque apaguemos nuestros dispositivos móviles), sí hará que se produzca y favorezca el inicio de la somnolencia.

Además de su papel regulador, la melatonina también tiene propiedades antitumorales, neuroprotectoras, inmunomoduladoras, antiinflamatorias y antioxidantes.

Cuando cambiamos a países con diferentes zonas horarias, sufriremos el temible jet lag porque mi reloj está sincronizado con otros horarios, y me llevará varios días que se ajuste a los nuevos ciclos de luz/oscuridad.

Cuando nuestros ritmos circadianos se desajustan o se alteran continuamente, tendremos trastornos del sueño, bajo rendimiento académico, trastornos cognitivos, trastorno afectivo estacional, alteraciones hormonales, pérdida de hábitos alimentarios y problemas de digestión, alteraciones de la temperatura corporal, deterioro del sistema inmunitario, afecciones médicas crónicas, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes, depresión, trastorno bipolar, deterioro cognitivo, algunos tipos de cáncer y envejecimiento prematuro. Por lo que podemos entender que respetar los ciclos del ritmo vigilia-sueño no es un capricho, sino una necesidad para cuidar nuestra salud, tanto física como mental.

La población más afectada es por tanto, la de los/las trabajadores/as con turnos rotatorios de día y de noche; el personal de vuelos transmeridianos con jet lag crónico; y la adolescencia, donde nos situamos en un porcentaje de hasta un 40% que ya presentan déficits crónicos del sueño al estar “conectados” a dispositivos con luz brillante de noche (móviles, tablets, ordenadores,…). El problema es que esto ya se está empezando a ver a partir de los 8 años.

Otro motivo es que en la adolescencia se retrasan la secreción de melatonina por la noche y se adelanta por la mañana, siendo frecuente que haya una diferencia de un par de horas con los horarios que tenían en primaria, y se da en mayor proporción en chicos que en chicas. De hecho, el sistema educativo ignora estos cambios haciendo que en secundaria se entre al instituto más temprano aún, teniendo de este modo auténticos zombies en clase. Podría decirse que su reloj biológico es de 25 horas en lugar de 24. Si además los fines de semana se incrementan los desfases, nos encontramos con adolescentes con un verdadero y crónico jet lag social.

Y aunque existen diferentes cronotipos (el matutino se levanta y se acuesta pronto frente al vespertino que se levanta y se acuesta tarde), la mayor parte de la población se sitúa en puntos intermedios.

Algo diferente a la cronodisrupción, es el Síndrome de retraso de fase o Síndrome de la fase del sueño retrasada (SFSR) definido como un tiempo de inicio y finalización del sueño retrasado en más de dos horas en relación con los tiempos de sueño aceptables socialmente (en nuestro caso, serían personas que se acuestan entre las 23,30h y las 5,30h). Aunque en la mayoría de casos la dificultad se da en conciliar el sueño, una vez que se da, suele ser normalizado. Pero sí tiene consecuencias sobre todo laborales y escolares al no estar en sintonía con el resto de la sociedad. Y esto es un ejemplo de lo que está ocurriendo en la adolescencia.

Una forma rápida de recuperar nuestros ritmos circadianos es la exposición a la luz natural (por ejemplo, dormir con la persiana levantada para que la luz nos despierte y dejar los dispositivos móviles fuera de nuestro alcance cuando nos vayamos a dormir) y la realización de ejercicio moderado.

El sueño, junto con la nutrición, la actividad física, el desarrollo social y la actividad mental, serán pilares fundamentales para cuidar de nuestra salud física y mental.

¿Quieres saber más sobre la adolescencia? Hazte con nuestro curso y convierte lo que tú crees que es una amenaza, en una oportunidad de conocerles y conocerte mejor.

Descubre nuestros cursos:

Acceder al Curso

Bibliografía:

  • Perumal SR, Srinivasan V, Maestroni GJ, Cardinali DP, Poeggeler B, Hardeland R. Melatonin: Nature’s most versatile biological signal? FEBS J. 2006; 273: 2813-38.
  • Arendt J, Skene DJ. Melatonin as a chronobiotic. Sleep Med Rev. 2005; 9: 25-39.
  • Pandi-Perumal SR, Trakht I, Srinivasan V, et al. Physiological effects of melatonin: role of melatonin receptors and signal transduction pathways. Prog Neurobiol. 2008; 85: 335-53.
  • Cronobiología Básica y Clínica. Ed: J.A. Madrid, A. Rol del Lama. Editec@Red, Madrid 2006.
  • Pediatría integral. Vol. XXII, nº8, dic. 2018, curso VI (J. A. Madrid, G.Pin Arboledas, M.C. Ferrández Gomariz).
  • Merino Andreu M, Hidalgo Vicario MI. Hipersomnia. Somnolencia diurna excesiva y alteraciones del ritmo circadiano en pediatría. Pediatr Integral. 2010; XIV(9): 720-34.

Por Nieves López-Brea Serrat, psicóloga sanitaria y neuropsicóloga infanto-juvenil.

 

 

 

 

 

 

Recuperando la música clásica y sus beneficios sobre el cerebro

¿Sabías que el cerebro de un músico envejece mejor?

Así es, ya que la práctica continuada al menos durante 10 años de un instrumento musical, y sobre todo si se aprende cuando somos niños y el cerebro está en pleno proceso de crecimiento, consigue reducir los efectos del deterioro mental debido a la vejez, superando con diferencia a los que no han tenido esta práctica en agudeza mental, inteligencia visual-espacial, memoria verbal y destreza motora.

En los niños incluso les ayuda a conseguir mejores puntuaciones en matemáticas y tener mejores habilidades espaciales y verbales, llegando a tener más facilidad para aprender nuevos idiomas.

Potencia el auto-control para la prevención de la irritabilidad, la violencia y el consumo de drogas.

Fisiológicamente combate el insomnio, reduce la hipertensión, mejora el rendimiento cognitivo, reduce el dolor y la ansiedad, incluso las náuseas. Existen estudios que defienden que escuchar música clásica u opera tras un trasplante de corazón puede determinar la diferencia entre el éxito y el fracaso, posiblemente porque mejora el sistema inmune (The Journal of Surgery Cardiothoraic).

Y para que pruebes por ti mismo los beneficios que nos señala la ciencia, te invito a ver el original video de Salut Salon “Wettstreit zu viert” / “Competitive Foursome”, una original y divertida forma de compartir con nosotros la ya casi olvidada música clásica:

Pincha aquí y disfrútalo: “Competitive Foursome”

 

 

 

 

Search

+
0
    0
    Carrito de compra
    Su carrito está vacíoVolver a la tienda