Trastorno por estrés postraumático (TEPT)

Trastorno por estrés postraumático (TEPT)

La gran mayoría de personas han sufrido o sufrirán, en algún momento de su vida, una experiencia traumática o que conlleve un gran impacto emocional. Cuando, a raíz de esto, aparece una sintomatología desadaptativa que genera malestar e influye en la vida diaria de la persona podemos estar ante un trastorno por estrés postraumático.

(Baile Ayensa y Rabito Alcón, 2020)

¿Qué observamos cuando esto ocurre?:

  • Reexperienciación del suceso: puede presentarse en forma de recuerdos intrusivos, flashbacks o pesadillas.
  • Evitación de todo lo relacionado con la circunstancia: tanto pensamientos o recuerdos como lugares y personas que evoquen el hecho traumático.
  • Presencia de conductas y emociones que interfieren en el día a día: hipervigilancia o reacciones de sobresalto exageradas. Esta problemática puede alargarse varias semanas, deteriorando las áreas importantes para el funcionamiento diario.

En ciertas ocasiones, la experiencia traumática es tan grave y/o continuado en el tiempo que puede desarrollarse un tipo de trastorno por estrés postraumático complejo. Por ejemplo, puede aparecer en veteranos de guerra, personas secuestradas, víctimas de violencia y/o abusos sexuales, pero también ante catástrofes naturales, accidentes graves o ser testigo de muertes violentas. Además de los síntomas típicos del trastorno por estrés postraumático se unen problemas de regulación del afecto, sentimientos de vergüenza, culpa o fracaso y dificultades para relacionarse con los demás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por tanto, la gravedad de la sintomatología depende de diferentes factores:

  • Intensidad o gravedad del suceso traumático: grado de exposición, duración, severidad, probabilidad de que no haya finalizado o pueda volver a repetirse.
  • Vulnerabilidad personal.
  • Percibir el suceso como inevitable o no.
  • Culpabilidad ante el hecho.
  • Apoyo social.
  • Factores previos: edad, género, exposición previa a la circunstancia, sufrir otros sucesos traumáticos en la infancia o a lo largo de la vida, antecedentes psiquiátricos.

Pero ¿por qué, ante un mismo hecho, les ocurre a unas personas y a otras no?  En el trastorno por estrés postraumático entran en juego muchas variables que interactúan entre sí. En primer lugar, una predisposición genética que determina una mayor vulnerabilidad psicológica para enfrentarse a situaciones estresantes (éstas, a su vez, mediadas por experiencias del pasado), el tipo de reacción durante el evento traumatizante y la ausencia de apoyo social tras el mismo.

Por tanto, se inicia un proceso de aprendizaje en el cual, por un lado, se asocian diversos estímulos al evento estresante y, por otro, se refuerzan las conductas y pensamientos que se realizan para evitar enfrentarse al problema.

Muchas personas llevan una vida de sufrimiento al creer que este tipo de estrés les acompañará siempre, pero existe suficiente evidencia como para saber que un tratamiento eficaz reduce los síntomas asociados como la ansiedad, los problemas de sueño y las dificultades de concentración.

Por Desirée Castellano Olivera, Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga.

ALTERACIONES DEL RITMO VIGILIA-SUEÑO EN NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES

Los ritmos circadianos son cambios físicos, psicológicos y conductuales que siguen un ciclo diario de 24 horas y que responden a la luz y a la oscuridad. Por ejemplo, dormir de noche y estar despierto por el día sería un ejemplo de ritmo circadiano. Y no sólo los encontramos en las personas, sino también en los animales, las plantas y muchos microbios. Su estudio se llama cronobiología.

Nuestros relojes biológicos son innatos, están compuestos por proteínas que interactúan con todo nuestro organismo para producir los ritmos circadianos, regular su programación y sincronizarlos.

Nuestro reloj biológico tiene unas 20.000 neuronas reunidas en el núcleo supraquiasmático, ubicado en el hipotálamo cuya información proviene directamente de los ojos, por lo que los ritmos circadianos son muy sensibles a la luz del día, haciendo que se activen o se desactiven los genes que controlan los relojes biológicos.

Este sistema está compuesto por marcapasos centrales, osciladores periféricos (hepático y cardiaco), un reloj molecular (bucles de retroalimentación positiva y negativa que dan lugar a ritmos de expresión génica), la retina, la glándula pineal y vías de entrada y salida de información.

Todos los órganos de nuestro cuerpo tienen su propio oscilador circadiano que, dirigidos por nuestro núcleo supraquiasmático, mantienen un orden temporal adecuado y orquestado, y favorece nuestra salud. Es cuando se desacoplan por los motivos que os hablaremos ahora, cuando se convierten en osciladores autónomos con su propia estructura circadiana, generando algunos problemas críticos en el individuo.

Durante los seis primeros meses de la vida de un bebé, irán apareciendo los ritmos circadianos y se irán madurando, pero la interacción sincrónica “mamá-bebé”, será determinante para que se establezcan unos correctos ciclos de sueño. Antes de esos seis meses, es común que se produzcan desajustes y se inviertan los ciclos de sueño-vigilia, que, si no se regulan adecuadamente, producirán una cronodisrupción del reloj biológico.

Los ritmos circadianos controlan la producción de melatonina, la hormona que hace que nos entre sueño por la noche, y dejemos de tenerlo por la mañana (con una diferencia de unas pocas horas según la edad que tengamos). Y ahora además se está estudiando como guardián del cerebro frente al coronavirus (Covid-19).

La información de “luz” que reciben los nervios ópticos por el día o por dispositivos móviles, es interpretada por el cerebro de tal manera que, si hay luz, el cerebro no activará la producción de melatonina para dormirnos. La ausencia de luz (porque sea de noche, o porque apaguemos nuestros dispositivos móviles), sí hará que se produzca y favorezca el inicio de la somnolencia.

Además de su papel regulador, la melatonina también tiene propiedades antitumorales, neuroprotectoras, inmunomoduladoras, antiinflamatorias y antioxidantes.

Cuando cambiamos a países con diferentes zonas horarias, sufriremos el temible jet lag porque mi reloj está sincronizado con otros horarios, y me llevará varios días que se ajuste a los nuevos ciclos de luz/oscuridad.

Cuando nuestros ritmos circadianos se desajustan o se alteran continuamente, tendremos trastornos del sueño, bajo rendimiento académico, trastornos cognitivos, trastorno afectivo estacional, alteraciones hormonales, pérdida de hábitos alimentarios y problemas de digestión, alteraciones de la temperatura corporal, deterioro del sistema inmunitario, afecciones médicas crónicas, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes, depresión, trastorno bipolar, deterioro cognitivo, algunos tipos de cáncer y envejecimiento prematuro. Por lo que podemos entender que respetar los ciclos del ritmo vigilia-sueño no es un capricho, sino una necesidad para cuidar nuestra salud, tanto física como mental.

La población más afectada es por tanto, la de los/las trabajadores/as con turnos rotatorios de día y de noche; el personal de vuelos transmeridianos con jet lag crónico; y la adolescencia, donde nos situamos en un porcentaje de hasta un 40% que ya presentan déficits crónicos del sueño al estar “conectados” a dispositivos con luz brillante de noche (móviles, tablets, ordenadores,…). El problema es que esto ya se está empezando a ver a partir de los 8 años.

Otro motivo es que en la adolescencia se retrasan la secreción de melatonina por la noche y se adelanta por la mañana, siendo frecuente que haya una diferencia de un par de horas con los horarios que tenían en primaria, y se da en mayor proporción en chicos que en chicas. De hecho, el sistema educativo ignora estos cambios haciendo que en secundaria se entre al instituto más temprano aún, teniendo de este modo auténticos zombies en clase. Podría decirse que su reloj biológico es de 25 horas en lugar de 24. Si además los fines de semana se incrementan los desfases, nos encontramos con adolescentes con un verdadero y crónico jet lag social.

Y aunque existen diferentes cronotipos (el matutino se levanta y se acuesta pronto frente al vespertino que se levanta y se acuesta tarde), la mayor parte de la población se sitúa en puntos intermedios.

Algo diferente a la cronodisrupción, es el Síndrome de retraso de fase o Síndrome de la fase del sueño retrasada (SFSR) definido como un tiempo de inicio y finalización del sueño retrasado en más de dos horas en relación con los tiempos de sueño aceptables socialmente (en nuestro caso, serían personas que se acuestan entre las 23,30h y las 5,30h). Aunque en la mayoría de casos la dificultad se da en conciliar el sueño, una vez que se da, suele ser normalizado. Pero sí tiene consecuencias sobre todo laborales y escolares al no estar en sintonía con el resto de la sociedad. Y esto es un ejemplo de lo que está ocurriendo en la adolescencia.

Una forma rápida de recuperar nuestros ritmos circadianos es la exposición a la luz natural (por ejemplo, dormir con la persiana levantada para que la luz nos despierte y dejar los dispositivos móviles fuera de nuestro alcance cuando nos vayamos a dormir) y la realización de ejercicio moderado.

El sueño, junto con la nutrición, la actividad física, el desarrollo social y la actividad mental, serán pilares fundamentales para cuidar de nuestra salud física y mental.

Por Nieves López-Brea Serrat, neuropsicóloga infanto-juvenil.

Bibliografía:

  • Perumal SR, Srinivasan V, Maestroni GJ, Cardinali DP, Poeggeler B, Hardeland R. Melatonin: Nature’s most versatile biological signal? FEBS J. 2006; 273: 2813-38.
  • Arendt J, Skene DJ. Melatonin as a chronobiotic. Sleep Med Rev. 2005; 9: 25-39.
  • Pandi-Perumal SR, Trakht I, Srinivasan V, et al. Physiological effects of melatonin: role of melatonin receptors and signal transduction pathways. Prog Neurobiol. 2008; 85: 335-53.
  • Cronobiología Básica y Clínica. Ed: J.A. Madrid, A. Rol del Lama. Editec@Red, Madrid 2006.
  • Pediatría integral. Vol. XXII, nº8, dic. 2018, curso VI (J. A. Madrid, G.Pin Arboledas, M.C. Ferrández Gomariz).
  • Merino Andreu M, Hidalgo Vicario MI. Hipersomnia. Somnolencia diurna excesiva y alteraciones del ritmo circadiano en pediatría. Pediatr Integral. 2010; XIV(9): 720-34.

Recuperando la música clásica y sus beneficios sobre el cerebro

¿Sabías que el cerebro de un músico envejece mejor?

Así es, ya que la práctica continuada al menos durante 10 años de un instrumento musical, y sobre todo si se aprende cuando somos niños y el cerebro está en pleno proceso de crecimiento, consigue reducir los efectos del deterioro mental debido a la vejez, superando con diferencia a los que no han tenido esta práctica en agudeza mental, inteligencia visual-espacial, memoria verbal y destreza motora.

En los niños incluso les ayuda a conseguir mejores puntuaciones en matemáticas y tener mejores habilidades espaciales y verbales, llegando a tener más facilidad para aprender nuevos idiomas.

Potencia el auto-control para la prevención de la irritabilidad, la violencia y el consumo de drogas.

Fisiológicamente combate el insomnio, reduce la hipertensión, mejora el rendimiento cognitivo, reduce el dolor y la ansiedad, incluso las náuseas. Existen estudios que defienden que escuchar música clásica u opera tras un trasplante de corazón puede determinar la diferencia entre el éxito y el fracaso, posiblemente porque mejora el sistema inmune (The Journal of Surgery Cardiothoraic).

Y para que pruebes por ti mismo los beneficios que nos señala la ciencia, te invito a ver el original video de Salut Salon «Wettstreit zu viert» / «Competitive Foursome», una original y divertida forma de compartir con nosotros la ya casi olvidada música clásica:

Pincha aquí y disfrútalo: «Competitive Foursome»

 

 

 

 

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