Consecuencias del conflicto bélico en el cerebro infantil

CONSECUENCIAS DEL CONFLICTO BÉLICO EN EL CEREBRO INFANTIL.

OBJETIVOS:

  • Conocer, reconocer y diferenciar las consecuencias de los conflictos bélicos en la infancia, en función de la etapa evolutiva, de la exposición, el tiempo de exposición y el contexto que les rodea.
  • Abordaje desde una perspectiva biopsicosocial y neuropsicológica.

Son muchos ya los estudios que han abordado este tema y las consecuencias en la población. Recordemos que estos conflictos se vienen desarrollando de forma activa en Camerún, Etiopía, Mozambique, Oriente Próximo, Sáhara Occidental, Sahel, Siria, República Centroafricana, Yemen,…Pero estos conflictos quedan lejos de nosotros y aunque los conocemos, no despiertan nuestra sensibilidad como el conflicto actual. ¿Por qué? Creo que porque ahora, por cercanía y por el poder que pueden ejercer hacia nosotros, sí vemos afectada nuestra seguridad.

Además…Todos conocemos a alguien, ¡yo conozco a alguien!

Hoy en día, 115.000 personas ucranianas viven en España

Antes de la pandemia, contábamos con 260.000 turistas ucranianos.

Pero ante todo, lo que sabemos a ciencia cierta, es que la guerra destruye la vida.

Más de la mitad de los menores Ucranianos han sido desplazados. Entre los niños que huyen, muchos no están acompañados o han sido separados de sus familias. Esos niños corren un mayor riesgo de violencia, abusos y explotación. Y cuando son trasladados a través de diferentes fronteras, los riesgos se multiplican.

Tampoco podemos olvidar a aquellos niños y niñas que no pueden escapar: niños con alguna enfermedad o discapacidad, niños que ya estaban recluídos en instituciones, y todos tenemos en la memoria algunas vivencias trágicas de abusos, de confinamiento y de falta de estímulos e incluso de luz solar en antiguos orfanatos de ciudades destruidas en otros tiempos.

Efectos conocidos del Estrés Post Traumático:

Cualquier conflicto bélico despierta una respuesta adaptativa de amenaza, donde las respuestas del organismo son luchar o huir. En ese momento, se da una activación del sistema nervioso simpático: Se contraen los vasos sanguíneos para que sangremos menos si sufrimos alguna herida, pero así fluye también menos sangre al cerebro. La glándula suprarrenal segrega cortisol, que nos proporciona glucosa para convertirla en energía. El nervio vago, que constituye una línea directa entre el cerebro y las vísceras y normalmente sirve para que mantengamos la calma y la seguridad, inhibe su actividad. A consecuencia de ello, se nos acelera la frecuencia cardiaca y se incrementa la presión sanguínea. Es probable que nos desmayemos o que se nos afloje la vejiga.

Esto puede ocurrir en el momento de la huída, o también ante una preocupación anticipada, cuando empezamos a escuchar en los medios que el conflicto puede llegar a darse aunque aún no haya comenzado.

La adrenalina da una mayor energía al organismo para luchar o huir, ya que, en cualquiera de estos dos procesos, debemos soportar una gran tensión física y aumentar nuestra resistencia, es por ello que aumenta nuestra frecuencia cardíaca, aumenta también el flujo sanguíneo a los músculos, se abren las vías respiratorias, aumenta el consumo de glucosa, se da una vasoconstricción de los vasos sanguíneos y aumenta la presión arterial.

El estrés perjudica nuestra función ejecutiva, lo que dificulta nuestra capacidad para resistir los impulsos. El estrés crónico puede aumentar la respuesta de recompensa de nuestros cerebros. Así que nos hará más propensos a la adicción, y a hacer que consumamos alimentos más grasos y con alto contenido en azúcar.

LA AMENAZA PREVIA POR COVID 19:

Como nos recuerda David Bueno iTorrens, ni siquiera es necesario un conflicto real, analicemos un momento la sensación de peligro inminente y constante que hemos vivido con la pandemia por Covid-19. Durante estos dos años, hemos oído frecuentemente un uso del lenguaje propio de los escenarios bélicos, apoyado por el incremento de presencia policial y militar. ¿Quién no escuchaba que nuestros sanitarios estaban en primera línea de la batalla y que debíamos ganar esta guerra? Este vocabulario no es neutro para el cerebro, sino que estimula ciertas conexiones neurales relacionadas con la supervivencia, anulando la capacidad reflexiva del ser humano y reduciendo la flexibilidad cognitiva.

Esos dos años de “conflicto” también han tenido sus consecuencias en el cerebro de nuestros niños y niñas y creo que todos somos conscientes de ello con el aumento significativo de casos de ansiedad, depresión, autolesiones e intentos autolíticos en menores. Incluso hay estudios que indican que los sentimientos de soledad de estos se acerca al 30%, frente al 18% de ancianos que encabezaban esta estadística.

Que nuestros menores se sientan más solos que nuestros abuelos es algo que debemos empezar a considerar seriamente. Que tengamos niños y niñas con 7 años que piensen en el suicidio no tiene nombre y deberíamos de revisar seriamente nuestro negligente sistema.

Volvemos a la realidad de esos miles o millones de niños que viven o han vivido directa o indirectamente un conflicto bélico real. Un solo suceso traumático puede desencadenar la misma sintomatología que una exposición más prolongada, ya que en situaciones más prolongadas suelen activarse mecanismos resilientes característicos de todo ser humano, pero también una liberación constante de adrenalina, debido a un estrés crónico, traerá enfermedades físicas como problemas digestivos, enfermedades cardiovasculares, enfermedades metabólicas, trastornos del sueño, trastornos del aprendizaje, ansiedad y depresión.

Pero en todo caso, el estrés crónico cursa con otra consecuencia…

Los telómeros son una cubierta protectora al final de una hebra de ADN. Cada vez que una célula se divide, pierde un poco de sus telómeros. Una enzima llamada telomerasa puede reponerla, pero el estrés crónico y la exposición al cortisol disminuyen su suministro. Cuando el telómero está demasiado disminuido, la célula a menudo muere o se vuelve pro-inflamatoria 

El estrés, los abusos o el maltrato psicológico sufrido en la infancia provoca el mismo envejecimiento precoz que la radiación o el tabaco.

Uno de los marcadores del envejecimiento precoz es el acortamiento de los telómeros, regiones de ADN que protegen los bordes de los cromosomas y que se van desgastando con la edad debido a la pérdida de la enzima telomerasa. Cuando los telómeros se acortan por debajo de una longitud mínima, las células interrumpen su ciclo celular y dejan de regenerar los tejidos, produciéndose así su envejecimiento y, consecuentemente el de todo el organismo.

En 1961, el biólogo Leonard Hayflick descubrió que las células humanas corrientes son capaces de dividirse un número finito de veces antes de morir. Las células se reproducen fabricando copias de ellas mismas (proceso denominado mitosis). Sin embargo un día, las células del laboratorio de Hayflick dejaron de reproducirse, como si estuvieran cansadas. La células más longevas lograron efectuar alrededor de cincuenta divisiones celulares, aunque la mayoría se dividió muchas menos veces. Aquellas células fatigadas acababan alcanzando un estado que denominó senescencia: seguían estando vivas pero habían dejado definitivamente de dividirse. Esto es lo que se llama «límite de Hayflick», el límite natural que alcanzan las células humanas al dividirse, y la causa de que exista ese límite resulta ser que los telómeros se han vuelto críticamente cortos.

Es decir, los telómeros van acortándose de manera natural con el paso del tiempo, ya que cada vez que una célula se divide, una porción de telómero no se replica. Este es el motivo por el que todo ser humano envejece.

Sin embargo, las células madre, si se mantienen sanas, disponen de suficiente telomerasa para poder seguir dividiéndose a lo largo de toda nuestra vida.

¿Por qué el estrés tiene entonces estas consecuencias también? Nosotros sabemos que el estrés crónico es un factor de riesgo de trastornos y enfermedades psiquiátricas, pero también lo es de patologías cardiovasculares y autoinmunes.

Cuando estamos expuestos constantemente al estrés, la adaptación al mismo provoca que los sistemas inmune, metabólico y endocrino dejen de funcionar correctamente, ya que se da una respuesta excesiva y continua que altera la división celular generando un acortamiento de los telómeros más rápido.

De hecho, ya hay estudios como el de Judith Carrol en la Universidad de California que nos dice que el estrés de las madres previo al parto e incluso con anterioridad al embarazo puede generar un impacto negativo en la salud de los hijos, acortando del mismo modo la longitud de los telómeros en el bebé. También estaría relacionado con un mayor riesgo de cáncer, de enfermedades cardiovasculares, trastornos metabólicos y otras causas de muerte a una edad temprana.

Existe un período especialmente vulnerable en el tercer trimestre del embarazo de madres con altos niveles de estrés, en el cual los niños tienen un mayor riesgo de acortamiento de los telómeros. De hecho, si una madre tiene depresión, sus hijas serán más propensas a sufrirla también e incluso antes de que se manifieste esa depresión en las niñas, sus telómeros sanguíneos ya son más cortos que el de niñas de madres que no tenían depresión.

También el estrés previo o durante el embarazo provoca partos prematuros, por lo que esas madres que incluso aún no están embarazadas o que ya lo están, darán a luz a niños y niñas prematuros con las consecuencias que también conocemos de ello.

Sabemos que los factores de riesgo ante el estrés, la ansiedad y la depresión son modificables, pero prácticamente la totalidad de las mujeres que experimentan estos problemas de salud mental pasan desapercibidas, incluso entre nosotros, por lo que debería darse un abordaje prenatal y perinatal, prestando mucha atención a los síntomas en las mujeres embarazadas o aquellas que desean ser madres y aún no lo son.

Fomentar entre las embarazadas factores protectores frente a los trastornos mentales harán que no sólo no los hereden sus bebés, sino tampoco próximas generaciones, ya que esta información se queda guardada en los genes.

¿TODOS LOS MENORES SUFREN EL MISMO GRADO DE ESTRÉS?

No. A algunos menores les dicen que van a pasar unas vacaciones fuera de casa, o que van a probar a vivir en un país nuevo, o que van a visitar a familiares a los que ya conocían,…

Estos niños y niñas podrán iniciar sus rutinas y sentirse más seguros más rápido que aquellos que saben que huyen de una guerra y/o que han perdido a alguien en el camino. Depende también mucho de la etapa evolutiva en la que se encuentre el niño. La infancia es un momento muy vulnerable que tenemos que cuidar. Muchas veces vamos a creer que lo mejor es que inicien cuanto antes la rutina escolar y la integración en el nuevo entorno, pero otras será peor si les empujamos a un entorno desconocido que genera aún más estrés en los menores y que quizás necesitaban más tiempo con sus madres. Sabemos que la oxitocina que se genera entre la madre y sus hijos es un factor protector frente al estrés, por lo que deberemos evaluar cada caso de forma independiente, evaluando qué estrategias de afrontamiento tiene el menor, qué necesidades tiene, y qué nivel de hiperactivación se observa en él.

Cualquier niño o niña atemorizados pueden sentirse fuera de control y desamparados. Tengamos en cuenta que no sólo necesitan haberlo vivido, basta con haberlo presenciado.

Sabemos que el cerebro asocia fácilmente emociones, sensaciones, olores, posturas, lugares y sonidos.

Además, los conflictos en Ucrania se dan desde 2014 y que la constante amenaza desde entonces ha hecho que la hiperactivación de estos niños sea una constante en sus vidas. Muchos manifiestan desde antes del conflicto actual, altos niveles de angustia, problemas para dormir, pobreza, mala calidad alimentaria, marginación, etc.

HERRAMIENTAS ÚTILES:

MÁS ALLÁ DE LA INFANCIA, LA ADOLESCENCIA:

Recordemos que el periodo evolutivo en el que se encuentra el menor, va a determinar algunas diferencias en el modo en que perciben, entienden o dan respuesta al conflicto.

Los adolescentes tienen sus propias formas de pensar, sus propios valores, y suelen responder más con ira que con miedo. Incluso habréis oído al principio de estallar todo esto, como nuestros adolescentes aseguraban que ellos defenderían su país con armas y que estarían preparados para matar. Algo que a mí me preocupa, ya que los adultos debemos argumentar contra eso con preguntas tipo, ¿a quién crees que ayudaría eso? Evidentemente debemos validar sus emociones y hacerles ver que lo entendemos pero que la violencia precisamente, es lo que desencadena este tipo de conflictos, por lo que nunca puede ser la solución a ellos.

Debemos preguntarles mucho sobre lo que ven en Internet, sobre lo que piensan y cómo gestionan todo esto que está ocurriendo. Con los adolescentes ucranianos lo tendremos más difícil por el idioma, ya que son reacios al servicio de traducción y se aíslan mucho más.

El cerebro adolescente se caracteriza por una mayor sobreactivación emocional o hiperreactividad. Ante una situación de amenaza, la amígdala reacciona y cualquier estímulo neutro puede ser interpretado como un peligro potencial. Además, en la adolescencia, los niveles de cortisol son más elevados que en la infancia o en la adultez, por lo que esto les predispone a mayor ansiedad y mayores respuesta de ira, viviendo sus problemas y preocupaciones con mucha más intensidad.

La adrenalina y el cortisol, además de influir en los estados de ánimo, también interfieren en los procesos de aprendizaje.

Para que entendamos un poco mejor cómo influye el estrés en el aprendizaje: sabemos que las ratas son muy buenas recordando y encontrando la salida a los laberintos, pero si les mostramos un gato o un olor a gato, no sólo no son capaces de encontrar la salida sino que se quedan bloqueadas sin poder avanzar ni retroceder. (Muchos padres y docentes son como ese gato en el laberinto).

Tenemos otra hormona menos conocida, la tetrahidropregnanolona, que también se libera por el estrés, pero mirad qué curioso, en los adultos esta hormona reduce la ansiedad actuando como un sedante natural, liberándose a las media hora del suceso estresante y favoreciendo la relajación. Sin embargo, en la adolescencia ocurre lo contrario, su liberación hace que aumente la ansiedad, esto significa que están más indefensos ante las consecuencias del estrés que los adultos.

También sabemos que la pérdida de un ser querido, hace que disminuya el tamaño del hipocampo, responsable de la adquisición de nuevos aprendizajes, aumenta la reactividad de la amígdala y hay menor conectividad en la corteza prefrontal, afectando por lo tanto a la motivación y al control de impulsos.

Además, reitero que estamos saliendo de dos años de pandemia, donde la hiperactivación y la soledad han hecho estragos con este grupo de la población, que se sitúa en un momento crítico donde debe desarrollar sus habilidades sociales, pero que, debido al uso de mascarillas, han tenido la dificultad de inferir el estado emocional de sus iguales a través de las expresiones faciales, para conocer sus intenciones a priori, desarrollar confianza y empatía.

Recordemos también que la oxitocina reduce el estrés, favorece el aprendizaje al intervenir en los procesos de memoria, la cognición social, la empatía, los vínculos, la cohesión social y la cooperación. Sus beneficios son cada vez mayores, llegando a ser eficaz incluso para el tratamiento del dolor en el cáncer terminal y en la migraña. Tan solo tenemos que mantener el contacto físico más allá de 6 segundos.

Nuestras mascotas también hacen que liberemos más oxitocina en nuestros cerebros y del mismo modo, en nuestra presencia, sus cerebros también la liberan.

Los niños y niñas que viven en hogares afectuosos, liberan mucha más oxitocina que aquellos que viven en hogares donde hay conflictos frecuentes entre sus progenitores y/o están separados.

RESILIENCIA:

Termino esta presentación confiando en la innata capacidad del ser humano de ser resiliente o en la nuestra para generarla mediante esta propuesta de Mónica Marzetti:

 

Muchas gracias!!!

Si eres profesional o estudiante de Psicología, puedes solicitar el vídeo del Webinar a formacion@copao.com

Referencias

Prenatal maternal stress prospectively relates to shorter child buccal cell telomere length. Judith E.Carroll, Nicole E.Mahrer, Madeleine Shalowitz, Sharon Ramey and Christine Dunkel Schetter. Psychoneuroendocrinology (2020).DOI: https://doi.org/10.1016/j.psyneuen.2020.104841

Rees  S, Channon  S, Waters  CS.  The impact of maternal prenatal and postnatal anxiety on children’s emotional problems: a systematic review.  Eur Child Adolesc Psychiatry. 2019;28(2):257-280. doi:10.1007/s00787-018-1173-5PubMedGoogle ScholarCrossref

Maternal Stress Before Conception Is Associated with Shorter Gestation. N E Mahrer et al. Annals of Behavioral Medicine (2020).DOI: https://doi.org/10.1093/abm/kaaa047

https://childrensnational.org/departments/developing-brain-research-laboratory

https://academic.oup.com/abm/article/55/3/242/5873717?login=true

https://newsroom.ucla.edu/releases/maternal-stress-and-faster-aging-of-babies

Neurociencias y Aprendizaje: Autores/as: Analía Verónica LOSADA; Juana Eva SILBERMAN; Mónica Beatriz MARZETTI (Argentina). Natandoson TORRES DANTAS (Brasil). Leslie Bravo GARCÍA; Leidy J. RODRÍGUEZ HIGUERA; Mónica I. HERAZO CHAMORRO (Colombia). Javier TIRAPU-USTÁRROZ; Inma PIQUERES-JUAN, Miguel GARCÍA-SALA (España). Luis ECHAVARRÍA-RAMÍREZ (Perú). Ariel CUADRO; Ana Laura PALOMBO (Uruguay).

El arte de persistir / El cerebro adolescente: David Bueno iTorrens

Nieves López-Brea Serrat. Neuropsicóloga Infanto-Juvenil.

La respiración diafragmática en el control de la ansiedad

La respiración diafragmática en el control de la ansiedad

 

Existen dos técnicas que deberían aprenderse desde que vamos a la escuela para reducir la hiperactivación que se produce en el organismo en situaciones estresantes, en el Trastorno de Ansiedad e incluso en la Depresión.

  • La respiración diafragmática
  • La relajación muscular progresiva

En este post os hablaremos de esta hiperactivación del organismo y de su control mediante la técnica de la Respiración Diafragmática, técnica muy usada también por deportistas de élite para mejorar su rendimiento y por cantantes. También se usa para el dolor crónico, la fatiga física y en la gestión de emociones intensas como la ira y el miedo y para reducir la impulsividad en la infancia y la adolescencia.

La hiperactivación del sistema nervioso autónomo se desencadena por estímulos externos (traumas, estrés, exámenes,  sustos, sorpresas,…), donde la respuesta es impredecible. O por estímulos internos (pensamientos negativos, preocupaciones, incertidumbre, desesperanza,…).

El sistema nervioso autónomo es una de las subdivisiones del sistema nervioso que se encuentra especialmente vinculado con la respuesta de las funciones viscerales e involuntarias, por lo que no tenemos un completo control sobre él.

Podemos dividirlo en la rama “simpática” que se activa en situaciones de lucha o huida, produciendo cambios fisiológicos en nuestro organismos, que nos producen mucho malestar, pero que son totalmente adaptativos,  como:

  • Aumento de la frecuencia cardíaca, para distribuir sangre y oxígeno a mayor velocidad, a nuestros músculos para correr o pelear más rápido.
  • Dilatación pulmonar, o broncodilatación, con el fin de tomar más cantidad de oxígeno y optimizar el rendimiento.
  • Aumento de la presión arterial.
  • Dilatación de las pupilas, que en su día nos permitía tener una mayor capacidad visual ante eminentes depredadores.
  • Disminución de los procesos digestivos para conservar esa gran energía que consume el sistema gastrointestinal, produciendo sequedad de boca al detenerse también la producción de saliva.
  • Contracción de los esfínteres, postergando la necesidad de excretar a un momento donde la amenaza haya desaparecido. Aunque también se produce una contracción de la vejiga, lo que hace que esa presión aumente nuestras ganas de orinar e incluso podríamos tener alguna pérdida, ya que además, la reacción de lucha o huida hiperactiva los riñones y producen más orina de la habitual.
  • Liberación de adrenalina y noradrenalina para aumentar la activación física y psicológica.

La rama “parasimpática“, contrarresta los efectos del sistema simpático,  predominando en condiciones de descanso y relajación, que se ven alterados en situaciones de nerviosismo, estrés, ansiedad y depresión.

La respiración diafragmática, junto con la relajación muscular progresiva, pueden ayudar a esta rama parasimpática en situaciones difíciles, o simplemente, en un mundo tan hiperestimulado como el nuestro, donde los momentos de descanso se ven alterados fácilmente. Al aumentar el aporte de oxígeno en nuestros pulmones, nuestro músculo cardíaco, puede bajar su frecuencia fácilmente.

Existen diferentes técnicas de respiración, por ejemplo, la técnica de respiración por coherencia cardiaca permite controlar las aceleraciones y desaceleraciones del corazón, inspirando y espirando lentamente para aumentar la amplitud de la frecuencia cardíaca y sincronizar la respiración con el ritmo cardíaco. A esto se le llama “coherencia cardíaca”. Teniendo esta técnica la máxima eficacia cuando la frecuencia de la respiración es de 6 ciclos por minuto, con lo que deberíamos realizar 6 inspiraciones/espiraciones de 5 segundos cada una, durante 5 minutos.

Respiración diafragmática Aquí, puedes encontrar una guía para su correcta práctica:

Nieves López-Brea Serrat
Neuropsicóloga infanto-juvenil

Referencias bibliográficas:

  • Kandel, E.R.; Schwartz, J.H. & Jessell, T.M. (2001). Principios de neurociencia. Cuarta edición. McGraw-Hill Interamericana. Madrid.
  • Guyton, A. C. & Hall, J. (2006). Tratado de Fisiología Médica. Elsevier; 11th edition.

No es timidez, es fobia social

La fobia social o trastorno de ansiedad se caracteriza por un miedo intenso, duradero y desproporcionado ante situaciones donde podemos ser evaluados por los demás. Por ejemplo, a las interacciones sociales (mantener una conversación), ser observado (comiendo, bebiendo) y/o a actuar delante de otras personas (exponer un trabajo en clase, dar una conferencia en el trabajo).

Con lo cual, la persona afectada tiene miedo de responder de cierta manera o de desplegar sintomatología ansiosa que pueda ser valorada negativamente por los demás (humillándole, rechazándole o sintiéndose ofendido). Con lo cual, suele evitar ese tipo de circunstancias o, si no tiene esa opción, las resiste con un alto grado de malestar. Este hecho interfiere de manera notoria en su vida cotidiana, por lo que difiere significativamente con la timidez.

Según las investigaciones, las situaciones temidas suelen ser referentes a:

  • Intervención pública: hablar o interactuar en público (hacer una presentación en clase, intervenir en grupos…)
  • Interacción informal: todo lo relativo al inicio, mantenimiento y terminación de las conversaciones (dar una opinión, hacer un cumplido, asistir a una fiesta, llamar por teléfono…)
  • Interacción asertiva: expresar derechos o necesidades a los demás (devolver un producto, rechazar una petición, expresar desacuerdo…).
  • Ser observado: realizar actividades donde se puede ser observado (comer delante de otras personas, asistir a clases de baile…)

Por tanto, se presenta fobia social generalizada cuando el miedo está relacionado con la mayor parte de las situaciones sociales comentadas anteriormente. En comparación con la fobia social circunscrita (el miedo sólo aparece en situaciones concretas), estos pacientes suelen presentar más ansiedad, miedo a la evaluación negativa y déficits en habilidades sociales, lo que les conlleva a deterioro en sus relaciones familiares, sociales y laborales y al despliegue de estrategias de evitación.

Respecto a las reacciones habituales pueden ser corporales, de pensamiento y/o conductuales:

  • Reacción fisiológica: frecuentemente, puede aparecer taquicardia, temblor, sudoración, malestar gastrointestinal, boca seca, dolor de cabeza, problemas para tragar y urgencia urinaria.
  • Reacción cognitiva: dificultad para pensar, sesgo atencional referente a las reacciones corporales, los propios errores y las reacciones de los demás. Esto conlleva a pensamientos negativos frecuentes y anticipación de situaciones.
  • Reacciones conductuales: además de la evitación, se puede recurrir a conductas de búsqueda de seguridad como consumir alcohol o ansiolíticos, evitar el contacto visual, evitar hablar o hacerlo de forma muy rápida…

El inicio y mantenimiento de esta problemática conlleva una gran heterogeneidad de variables biológicas y psicológicas relacionadas entre sí como la capacidad innata para reconocer situaciones de amenaza social, cierta lentitud para reducir la activación fisiológica, experiencias en el pasado asociadas a falta o pérdida de control en una situación social, pautas educativas sobreprotectoras o demasiado exigentes, antecedentes familiares de trastorno de ansiedad y/o depresivo mayor, etc.

Tras un proceso evaluativo completo para determinar los factores implicados en cada caso, la intervención se creará de manera totalmente individualizada. En ella, tendrán cabida aspectos como la psicoeducación, la educación en valores, el entrenamiento en relajación, aceptación y atención plena, la restructuración cognitiva y desvinculación de los pensamientos, el entrenamiento en habilidades sociales y asertividad y la exposición a las situaciones temidas. Asimismo, están emergiendo interesantes métodos de tratamiento como la realidad virtual que permite al paciente a exponerse a los estímulos ansiógenos de forma más controlada y segura.

¿Quieres que te ayudemos? ¡Pregúntanos!

BIBLIOGRAFÍA

Bados, A. (2001). Fobia social. Síntesis.

Caballo, V. E., Salazar, I.C. y Garrido, L. (2018). Programa de intervención multidimensional para la ansiedad social (IMAS). Pirámide

García López, L. J. (2013). Tratando…trastorno de ansiedad social. Pirámide

Reyna, D., Caraza, R., González, M., Ayala, A., Martínez, P., Loredo, A, Leal, R. y Reyes, P. (2018) Realidad Virtual en el Tratamiento de Fobia Social. Smart Technology. Notas de la conferencia del Instituto de Ciencias de la Computación, Informática Social e Ingeniería de Telecomunicaciones, vol 213.

Desirée Castellano Olivera.
Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga

¿Cómo escapar de la agorafobia si esa es la creencia que te limita?

Frecuentemente, el término “agorafobia” se asocia con una afección que impide a la persona afectada salir de casa. No obstante, esa descripción resulta bastante escasa y limitada. Este trastorno, más bien, se caracteriza por temor y/o evitación a ciertas situaciones en las que se haría muy difícil escapar o contar con ayuda en el caso de que apareciera sintomatología ansiosa o de carácter vergonzoso. Con lo cual, a las personas con agorafobia les provoca un intenso malestar situaciones como el uso del transporte público, encontrarse en espacios abiertos (zonas de aparcamiento, mercados, puentes…) o cerrados (tiendas, museos, teatros, cines…), hacer cola, encontrarse en medio de una gran multitud o estar fuera de casa sin compañía.

Es uno de los trastornos más incapacitantes, puesto que interfiere en todas las áreas de la vida de la persona afectada (familia, pareja, amigos, trabajo…). Asimismo, se suele asociar con una historia anterior de ataques de pánico, pero no siempre es así. Si bien es cierto que la gravedad es mayor cuando hay comorbilidad, es decir, cuando se presentan los dos juntos. También puede aparecer junto a otros trastornos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo y abuso de sustancias.

Entre las circunstancias que contribuyen a la aparición de la sintomatología se encuentran aspectos genéticos, una vulnerabilidad psicológica consistente en sensibilidad a experimentar ansiedad, una sensación exagerada de amenaza y peligro o una historia de enfermedad física y abuso, entre otros.

Este tipo de paciente ante una elevación del miedo o ansiedad (o la anticipación de un posible incremento) despliegan una serie de conductas para eludir esa circunstancia. Con lo cual, aquellas respuestas que, en un principio, alivian la sintomatología se acaban convirtiendo en conductas de afrontamiento desadaptativas que interfieren en la vida diaria:

  • Conductas de evitación: se reduce o elimina la ansiedad evitando la circunstancia o evento temido. Por ejemplo: compro online en vez de ir a la tienda, me quedo en casa en vez de ir al concierto…
  • Conductas de escape: se huye de la situación provocadora de sintomatología ansiosa. “Me tuve que bajar del metro” “Dejé el carrito de la compra y me salí del supermercado”.
  • Evitación interoceptiva: se previene aquellas respuestas fisiológicas asociadas con la ansiedad. “Dejé de hacer deporte, me late muy fuerte y deprisa el corazón y eso me pone nervioso”.
  • Conductas de afrontamiento parcial: se despliegan ciertas conductas, se buscan señales de seguridad o se acude a objetos y/o compañía para facilitar el afrontamiento de la situación temida. “Sólo voy si me acompaña alguien”

Existen varias opciones de tratamiento para la sintomatología asociada a la agorafobia. Entre ellas, las más utilizadas son la exposición en vivo a las situaciones temidas y la terapia cognitivo-conductual (que incluye información sobre el trastorno, abordaje de pensamientos, técnicas de relajación, de exposición y desactivación). Asimismo, en los últimos años, se está utilizando la realidad virtual para el tratamiento de la sintomatología de ciertos trastornos como, por ejemplo, la agorafobia.

Bibliografía
Barlow, D. H. (2014). Manual Clínico de Trastornos Psicológicos. Tratamiento Paso a Paso. Manual Moderno.
Espada, J. P., Olivares, J. y Méndez, F. X. (2008). Terapia psicológica. Pirámide.
Peñate, W., Pitti, C. T., Bethencourt, J. M. y Gracia, R. (2006). Agorafobia (Con o Sin Pánico) y Conductas de Afrontamiento Desadaptativas. Primera Parte. Salud Mental, 29(2), 22-29.

Desirée Castellano Olivera.
Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga

TOC-TOC, cuando llama a la puerta el Trastorno Obsesivo Compulsivo

El trastorno obsesivo compulsivo es una condición clínica caracterizada por la presencia de obsesiones y/o compulsiones. Entendemos como obsesiones a aquellos pensamientos, imágenes o impulsos que invaden la mente, sin poder evitarlos. Asimismo, las compulsiones son conductas que se realizan de forma repetitiva y, en ocasiones, siguiendo unas reglas determinadas con el fin de reducir el malestar que provocan las obsesiones y/o para prevenir las posibles consecuencias que se anticipan a raíz de ellas.

En ocasiones, la compulsión no tiene relación con la situación que se pretende prevenir (por ejemplo, contar hasta 30 para evitar un accidente) y, cuando existe, es claramente desproporcionada (excesiva limpieza para no contaminarse). Asimismo, estas conductas pueden ser de carácter observable por el entorno o tratarse de una respuesta encubierta (actos cognitivos o pensamientos).

Igualmente, en un pequeño porcentaje de casos, pueden aparecer obsesiones puras (sin la necesidad de llevar a cabo un ritual asociado) y compulsiones sin una obsesión previa que se pueda identificar. Además, en estos pacientes suelen aparecer numerosas conductas de evitación de estímulos y circunstancias concretas que disparan mucha ansiedad y malestar.

Anteriormente, el trastorno obsesivo compulsivo se encuadraba en la categoría de problemáticas relacionadas con la ansiedad. No obstante, las investigaciones más recientes señalan claras diferencias en variables como los factores genéticos y bio-marcadores, el curso de la enfermedad o la comorbilidad, entre otras. Por tanto, actualmente se sitúa junto a otros trastornos caracterizados por conductas repetitivas o compulsiones (tricotilomanía, trastorno de acumulación, trastorno de excoriación…).

Las temáticas más habituales de obsesiones y sus respectivas compulsiones son contaminación, violencia o impulsos violentos, seguridad, orden/simetría/perfección, aspectos morales o religiosos, de índole erótico y de acumulación, entre otras.

Las teorías explicativas hacen referencia a diferentes aspectos:

  • Factores biológicos: En primer lugar, las investigaciones sugieren la posible transmisión genética del trastorno. Por otra parte, los estudios de neuroimagen arrojan información sobre diversas áreas cerebrales que parecen estar alteradas en estos pacientes (regiones prefrontales y orbitofrontales, corteza sensoriomotora, giro cingulado, ganglios basales y tálamo). Asimismo, existen diversas teorías sobre la disfunción en los sistemas de neurotransmisión de la serotonina y las catecolaminas o la implicación de las endorfinas. Todas estas circunstancias dan lugar a un perfil neuropsicológico con lateralización, alteraciones en el procesamiento de la información y en regiones frontales y fronto-estriales.
  • Factores socioambientales: Determinados estilos educativos parecen influir en la aparición de la sintomatología TOC. Concretamente, aquellos sobreprotectores, tendientes al perfeccionismo y la exigencia pueden favorecer una vulnerabilidad a la ansiedad, dificultades para desarrollar habilidades de afrontamiento y solución de problemas y la aparición de miedos condicionados.
  • Factores psicológicos: Ciertas variables de índole psicológico pueden predisponer al desarrollo o mantenimiento de este trastorno. Por ejemplo, la sobreestimación de la importancia de los pensamientos (exagerando la conexión entre el pensamiento y la realidad), la intolerancia a la incertidumbre, el miedo al fracaso o sufrir un acontecimiento estresante.

El abordaje de esta patología se inicia con un proceso evaluativo para indagar las principales manifestaciones y las variables que mantienen la situación. Finalmente, la intervención propiamente dicha va encaminada a disminuir la estimación de poder de las obsesiones y compulsiones, el malestar que provocan y la frecuencia en la que aparecen, modificar ideas desadaptativas, potenciar la tolerancia a la incertidumbre y la prevención de futuras recaídas.

Bibliografía

Aldaz, J. A. y Sánchez, M. M. (2005). Obsesiones y compulsiones. Editorial Síntesis.

Lozano-Vargas, A. (2017). Aspectos clínicos del trastorno obsesivo-compulsivo y trastornos relacionados. Revista Neuropsiquiatría, 80(1), 35-41.

Tomàs, J., Bassas, N. y Casals, M. (2005). Tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos obsesivos-compulsivos en paidopsiquiatría (guía práctica). Editorial Laertes.

 

 

 

Desirée Castellano Olivera, Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga.

Trastorno por atracón

El trastorno por atracón se caracteriza por episodios de ingesta de comida en grandes cantidades y una sensación de falta de control durante los mismos. Por tanto, es frecuente que durante los atracones se coma muy rápidamente, incluso sin hambre, de forma aislada y hasta sentirse desagradablemente lleno. Tras ello, la persona suele sentirse culpable, triste y/o avergonzado.

La principal diferencia con la bulimia es que en el trastorno por atracón no se acude a comportamientos compensatorios tras la ingesta. Es decir, tras los atracones no se intenta compensar emitiendo conductas como vomitar, usar laxantes y diuréticos o realizar ejercicio físico de forma excesiva.

Las teorías explicativas que se manejan sobre esta patología indican, en primer lugar, una posible predisposición genética a poseer ciertos rasgos de personalidad o tendencia a desplegar un estilo alimentario concreto. Asimismo, regiones cerebrales como el núcleo accumbens, la amígdala y la corteza orbitofrontal parecen estar relacionadas con la aparición de la sintomatología debido a su implicación con los circuitos de recompensa y del control de impulsos. Por tanto,  una de las líneas de investigación es, precisamente, el estudio de las posibles similitudes con los procesos de adicción a sustancias y el juego patológico. Otros autores señalan que este problema suele formar parte de una cadena de otros trastornos relacionados con el comportamiento alimentario (como obesidad o anorexia)  o con el control de impulsos.

 De igual forma, hay teorías que hacen hincapié en distintos factores que facilitan, inician y mantienen la sintomatología del trastorno:

  • Factores predisponentes: influencia de los medios de comunicación, interacción social negativa, situaciones de abuso o abandono, ciertos patrones de interacción familiar, baja autoestima, perfeccionismo…
  • Factores desencadenantes: sensación de hambre o ansia por comer, críticas de terceras personas, crisis familiares o personales, estado emocional bajo, etc.
  • Factores mantenedores: intento de reducir sensaciones, pensamientos e interacciones aversivas, como vía de escape ante dietas restrictivas, ver la comida como premio o gratificación, entre otras.

La intervención ante este tipo de problemática se enfocará según la circunstancia personal del paciente y las variables que la influencian. No obstante, en términos generales, los objetivos principales son instaurar hábitos saludables, tratar la sintomatología física y emocional asociada al trastorno, la adquisición de estrategias y habilidades de afrontamiento y la prevención de recaídas en el futuro. Asimismo, en ocasiones también se realiza un trabajo terapéutico y de asesoramiento a los familiares del afectado.

BIBLIOGRAFIA

Baile Ayensa, J. I., González Calderón, M. J. (2016). Trastorno por atracón. Diagnóstico, evaluación y tratamiento. Ediciones Pirámide.

Raich, R. M. (2017). Anorexia, bulimia y otros trastornos alimentarios. Ediciones Pirámide.

Serra, M. (2015). Los trastornos de la conducta alimentaria. Editorial UOC

 

 

Desirée  Castellano  Olivera

Psicóloga sanitaria y neuropsicóloga

Fobias

Tener miedo, en muchas ocasiones, se trata de un proceso adaptativo ya que nos prepara para desplegar conductas de supervivencia. ¿Pero qué ocurre cuando el estímulo que tememos realmente no es tan amenazante como indica nuestra reacción? Nos encontraríamos, pues, ante una fobia.

Las fobias, a diferencia del miedo adaptativo, cuentan con una serie de características concretas. En primer lugar, su intensidad, persistencia y el carácter irracional de las mismas ante el estímulo fóbico. De hecho, suelen ser los propios aquejados los que admiten que el miedo que les invade es totalmente excesivo. Asimismo, aparece una intensa angustia sólo con el hecho de pensar o ver una fotografía del objeto o la circunstancia temida. Con lo cual, el paciente evita directamente que se produzca la situación o, en el caso en el que aparezca de forma repentina el estímulo, le emerge una necesidad urgente de alejarse del mismo.

Los tipos de fobias más habituales son las referentes a animales (serpientes, arañas, insectos, entre otros), entornos o circunstancias naturales (por ejemplo, tormentas, agua, alturas o la oscuridad), ambientes sanitarios (realizarse un análisis de sangre o ponerse una inyección, ver heridas u otras intervenciones médicas invasoras) y situacionales (túneles, ascensores, transportes… ).

La exposición a lo temido (ya sea de forma presencial o a través de la imaginación o medios audiovisuales) conlleva una serie de respuestas de carácter fisiológico:

  • Cambios en la actividad cardiovascular: aceleración cardíaca e incremento de la presión arterial. No obstante, las fobias relacionadas con la sangre, inyecciones y heridas pueden tener patrón distinto, observándose tras ese incremento del ritmo y la presión una caída muy rápida que puede dar lugar a desmayos.
  • Respuesta galvánica de la piel: se produce un aumento de las respuestas provenientes de las glándulas sudoríparas.
  • Aumento de los reflejos: como, por ejemplo, la respuesta de sobresalto.
  • Cambios en la actividad cerebral: incremento de la actividad de un circuito cerebral conformado por distintas regiones como la amígdala, la ínsula, la corteza prefrontal y la corteza cingulada.

Existen diversas causas que contribuyen a la aparición de una fobia. En primer lugar, tener un contacto negativo con un estímulo o circunstancia y desplegar conductas de evitación tras producirse la situación desagradable. Por ejemplo, tener un choque con el coche y no conducir más por miedo a que vuelva a ocurrir (amaxofobia). Si bien es cierto que hay estímulos que se pueden convertir más fácilmente en fóbicos debido a que antiguamente amenazaban la supervivencia (como ciertos animales), que ese contacto haya sido grave y/o frecuente o que concuerde con nuestras expectativas de peligro (consideramos más lógico caerse desde un sitio alto que tener otro tipo de reacciones). Asimismo, también se puede producir debido a la observación en terceras personas de consecuencias aversivas tras el contacto con el estímulo o circunstancia o al recibir información al respecto (alertas de nuestros familiares, noticias en prensa sobre accidentes…). Estas variables pueden retroalimentarse: en el ejemplo anterior, podría darse la situación de que tras tener el choque con el coche y desarrollar ese miedo, un familiar tenga un accidente más grave y esté hospitalizado. En este caso, el hecho de conducir se ha convertido en un estimulo altamente aversivo almacenado en nuestra memoria.

Estas variables, a su vez, se encuentran bajo la influencia de ciertas características del individuo. Por un lado, contar con una hipersensibilidad neurobiológica al estrés y, por otro, una vulnerabilidad psicológica que potencia la creencia de que las situaciones amenazantes resultan totalmente incontrolables, miedo a los síntomas físicos y susceptibilidad al asco. Con lo cual, los pacientes entran en un círculo vicioso compuesto por ansiedad anticipatoria que sobreestima la amenaza y la percepción de no tener las habilidades suficientes para afrontar la situación. Este hecho, en última instancia, empuja al sujeto a emitir conductas evitativas. Y, además, en muchas ocasiones el entorno contribuye al mantenimiento de estas respuestas (en nuestro ejemplo: “no te preocupes, yo conduzco que sé que a ti te da mucho miedo”).

Por tanto, el tratamiento de las fobias va encaminado fundamentalmente a la exposición al objeto o situación temida. Pese a que lo ideal es la exposición en vivo, se realizan otras intervenciones menos invasoras según las características del paciente como el uso de la imaginación o la realidad virtual. Asimismo, también se suele compaginar con otras técnicas como el abordaje de creencias erróneas, la creación de nuevas asociaciones, el entrenamiento en habilidades relacionadas específicamente con lo temido o la relajación, entre otras.

Desirée Castellano Olivera

Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga

Tartamudez infantil o disfemia, ¿debo ir al logopeda?

Siguiendo los criterios del Manual de Diagnóstico Internacional de Trastornos
Mentales (DSM-V) (APA, 2014), se define tartamudez o disfemia como:

A. Alteraciones de la fluidez y la organización temporal normales del habla que son inadecuadas para la edad del individuo y las habilidades de lenguaje, persisten con el tiempo y se caracterizan por la aparición frecuente y notable de uno (o más) de los siguientes factores:

1. Repetición de sonidos y sílabas.
2. Prolongación de sonido de consonantes y vocales.
3. Palabras fragmentadas (p. ej., pausas en medio de una palabra).
4. Bloqueo audible o silencios (pausas en el habla, llenas o vacías).
5. Circunloquios (sustitución de palabras para evitar palabras problemáticas).
6. Palabras producidas con exceso de tensión física.
7. Repetición de palabras completas monosilábicas (p. ej., “Yo-Yo-Yo-Yo lo veo”).

B. La alteración causa ansiedad al hablar o limitaciones en la comunicación eficaz, la participación social, el rendimiento académico o laboral de forma individual o en cualquier combinación.

C. El inicio de los síntomas se produce en las primeras fases del período de desarrollo.

D. La alteración no se puede atribuir a un déficit motor o sensitivo del habla, disfluencia asociada a un daño neurológico (p. ej., ictus, tumor, traumatismo) o a otra afección médica y no se explica mejor por otro trastorno mental.

Como hemos visto, este trastorno de fluidez suele aparecer en edades tempranas y clínicamente adopta el nombre de tartamudez de desarrollo. Si bien existe una recuperación espontánea en el 70-80% de los casos, surge la duda, ¿es necesario tratarla o no?

No son pocos los padres a los que les surge esta duda; advierten que su hijo/a empieza a “bloquearse” en algunos sonidos, palabras, frases pero al mismo tiempo contemplan el mito de “ya se les pasará”, “el niño/a es muy nervioso…”, de hecho, durante algunos años, se pensó que había que esperar a los 4 o 5 años para intervenir justificándolo con una remisión espontánea.

Sin embargo, corremos el riesgo de que algunos casos se cronifiquen y por esta razón, es conveniente acudir a un logopeda para intervenir lo antes posible, valorando cada caso, y concretamente se tendrán en cuenta:

– Las dificultades de comunicación, habla y lenguaje del niño.
– La presencia de factores que contribuyan a la cronificación. (Fernández-Zuñiga, 2005).

El logopeda identificará qué dificultades y factores presenta cada caso y de este modo ofrecerá un tratamiento del habla eficaz.

Entre los tratamientos del habla destacamos las Técnicas indirectas de moldeado del habla, en las que, de forma lúdica, el logopeda ofrece al niño un modelo de habla en el que combina velocidad y entonación en un contexto de juego sin pretender que el niño nos imite y las Técnicas directas de trabajo con el habla en las que el logopeda instruye al niño en un modelo que favorezca la fluidez, siempre lentificando el habla y suavizando las aproximaciones articulares. (Fosnot y Woodford, 1992; Gregory, 1999; Starkweather y Gottwald, 1990).

Cabe destacar que un tratamiento del habla no conforma una alternativa excluyente a las intervenciones sobre el ambiente, todo lo contrario, lo habitual es que se realicen en paralelo, de hecho, el trabajo con niños siempre incluye activamente a los padres:

• Informando en el conocimiento y características del problema y de cómo suele evolucionar.
• Disminuyendo su preocupación y favoreciendo la comunicación.
• Controlando los factores de estrés comunicativo de su alrededor. (Fernández-Zuñiga, 2005).

Referencias:
American Psychiatric Association (2000). DSM-IV-TR. Diagnostical and statistical manual of mental disorders (4th Edition-Text Revised). Washington, D.C.: American Psychiatric Association.
Fernández-Zúñiga, A. (2005). Guía de intervención logopédica en tartamudez infantil. Madrid: Síntesis
Fosnot SM, Woodford LL. The fluency development system for young children.
Buffalo: United Educational Services; 1992
Gregory HH, Hill D. Differential evaluation-Differential therapy for stuttering children.
En: Curlee RF, ed. Stuttering and related disorders of fluency. New York: Thieme; 1999
Starkweather W, Gottwald S, Halfond M. Stuttering prevention: A clinical method.
Englewood Cliffs: Practice Hall; 1990.

 

Wanda C. Meschian Coretti
Logopeda Colegiada Nº 29/2163
Especialista en Terapia Orofacial Miofuncional

No estoy triste, tengo depresión

La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que la depresión será la principal problemática de salud en la población en un futuro cada vez más cercano. En la actualidad, se calcula que más de 300 millones de personas padecen este tipo de sintomatología. Concretamente, en España hay aproximadamente 3 millones de pacientes con este diagnóstico o con un diagnóstico mixto ansioso-depresivo. No obstante, se estima que alrededor de un 58% de las personas que la padecen, no buscan ayuda profesional. Debemos ser conscientes de que se trata de un trastorno muy incapacitante y que puede afectar a cualquier persona.

El trastorno depresivo se caracteriza por un sentimiento de tristeza profunda y pérdida de interés por realizar actividades, incluso aquellas con las que se solía disfrutar con anterioridad. También pueden aparecer otros síntomas como pérdida o aumento del apetito, insomnio o hipersomnia, disminución de energía, enlentecimiento, culpabilidad o incapacidad para concentrarse.

Esta sintomatología, por tanto, podría clasificarse en las siguientes categorías:

  • Afectiva y emocional: el descenso del estado de ánimo puede apreciarse por sentimientos de desesperanza, amargura y pesimismo. Asimismo, es habitual la sensación de vacío o insensibilidad. En la población infantil, juvenil y anciana puede predominar la irritabilidad más que la tristeza.
  • Cognitiva: pueden aparecer problemas de concentración y memoria, dificultad para pensar e indecisión. La atención suele focalizarse únicamente en estímulos de carácter negativo.
  • Conductual: podría apreciarse una ralentización de movimientos y gestos. Asimismo, el abandono de relaciones sociales, tareas y responsabilidades.
  • Motivacional: se aprecia apatía, aburrimiento e indiferencia que dificulta realizar las actividades cotidianas y la toma de decisiones.
  • Somática: síntomas como dolores de cabeza, molestias abdominales, problemas de sueño, falta de energía y disminución del deseo sexual pueden estar presentes.

Las causas de esta patología son complejas debido su diversidad ya que abarcan aspectos genéticos, fisiológicos, hormonales, psicológicos y sociales. Diversas áreas cerebrales como la amígdala, la corteza prefrontal, el hipocampo y la corteza cingulada, muy relacionadas con las emociones, son de un tamaño más reducido en las personas que sufren esta enfermedad. Las primeras hipótesis sobre la etiología del trastorno depresivo hacían referencia a un déficit en neurotransmisores como la serotonina (que influye en el sueño, la actividad motora, el apetito o el comportamiento sexual, entre otras) y la noradrenalina (asociada con aspectos como la motivación, los mecanismos de recompensa y el aprendizaje). Recientemente, se aboga por la interacción de factores genéticos y ambientales que altera la liberación de los mismos. Además, hay evidencia de una reducción de los niveles de GABA (implicado en la inhibición de la actividad neuronal) y de altos niveles de glutamato (neurotransmisor excitador) en personas con sintomatología depresiva.

Asimismo, se están incorporando nuevos hallazgos como la influencia del estrés al sistema nervioso central, al sistema inmune y al eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA). Los eventos estresantes de carácter crónico pueden tener un grave impacto cerebral, alterando diferentes estructuras y sus funciones. Además, hay estudios que relacionan procesos inflamatorios entre las causas de esta problemática, encontrándose altos niveles de citosinas pro-inflamatorias en los pacientes. Este hecho puede producir atrofia y muerte neuronal, favoreciendo la sintomatología depresiva característica.

Con lo cual, tratamientos con agentes glutamatérgicos, gabaérgicos y con fármacos antiinflamatorios están dando resultados prometedores en investigaciones preliminares. Asimismo, la terapia asistida con psicodélicos está en estudio debido a su relación con la serotonina, el glutamato y la plasticidad neuronal.

Además del tratamiento farmacológico en los casos que se requiera, se hace imprescindible un abordaje psicológico. En él, los objetivos pueden ser muy diversos según las necesidades de cada paciente: promover conductas saludables, ejercicio cardiovascular, programar actividades agradables, entrenar en habilidades sociales, fomentar el autocontrol, dotar de estrategias de solución de problemas, examinar pensamientos negativos, entre otros. Asimismo, es muy importante hacer hincapié en la prevención de recaídas y dotar de estrategias para evitarlas de cara al futuro.

Bibliografía

Navío Acosta, M. y Pérez Sola, V. (2020). Depresión y suicidio 2020. Documento estratégico para la promoción de la Salud Mental. Wecare-u.

Ortiz-Tallo, M. (2019). Psicopatología clínica. Adaptado al DSM-5. Ediciones Pirámide

Pérez-Padilla, E. A., Cervantes-Ramírez, V. M., Hijuelos-García, N. A., Pineda-Cortés, J. C. y Salgado-Burgos, H. (2017). Prevalencia, causas y tratamiento de la depresión Mayor. Revista Biomédica, 28(2), 89-115.

 

Desirée Castellano Olivera, Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga.

Discalculia y ansiedad frente a las matemáticas

Discalculia y ansiedad frente a las matemáticas

“Desde pequeña siempre se me han dado mal las matemáticas. Memorizar las tablas de multiplicar se convirtió en un suplicio, pero iba saliendo del paso como buenamente podía. Según iban avanzando los cursos, más difícil era el temario y menos entendía las clases.

La situación se complicó cuando aparecieron las ecuaciones en el temario , empecé a sentir bastante malestar cuando llegaba la hora de esa asignatura. Temblaba, me sentía tonta, parecía que hablaban en otro idioma. En las demás clases me iba bastante bien, no entendía qué era lo que ocurría.

Los profesores, al final de la exposición, comentaban: ¿alguien tiene alguna duda? Yo siempre pensaba “TODAS”. Llegó un momento en que ya no quería esforzarme e intentar atender, estaba convencida que no iba a comprender los contenidos. Es decir, me rendía antes de intentarlo directamente…”

Lo que ocurría eran, ni más ni menos, que síntomas de discalculia. La discalculia, algunos la consideran la dislexia de las matemáticas, hace referencia aquellas dificultades que afectan a la capacidad matemática como, por ejemplo, realizar cálculos, definir grupos de objetos y en el pensamiento espacial. La persona que lo padece, pese a no tener un cociente intelectual bajo, tiene un rendimiento académico en las matemáticas por debajo al esperado para su edad y desarrollo mental. Sus causas pueden ser debidas a aspectos evolutivos, educativos, neurológicos y/o cognitivos y pueden aparecer déficits en distintas habilidades: lingüísticas, perceptivas, atencionales y matemáticas.

 

Además de posibles causas genéticas que a día de hoy todavía se encuentran en proceso de estudio, esta problemática se asocia a una disfunción en los lóbulos parietales. Concretamente, daños en el hemisferio izquierdo (encargado del lenguaje) provocan dificultades en la comprensión y emisión de números y, por tanto, déficits en la realización de operaciones aritméticas. Asimismo, si la lesión se encuentra en el hemisferio derecho, se verán afectadas diversas capacidades como, por ejemplo, la organización espacial de las cantidades o la resolución de problemas de carácter abstracto.

De igual manera, se ven implicadas zonas occipito-temporales (pertenecientes a una de las vías visuales) en capacidades como el procesamiento de la semejanza numérica y para realizar cálculos con varios dígitos. Finalmente, hay investigaciones que señalan una disminución de células y fibras nerviosas en diversas regiones cerebrales en los niños que padecen discalculia.

Por tanto, los problemas que suelen tener los niños con esta condición son muy diversos:

  • Atención: les resulta complicado seleccionar entre diferentes estímulos y dirigir la atención al verdaderamente importante, dificultando la resolución de operaciones y problemas.
  • Percepción: déficits en la diferenciación figura-fondo, en la discriminación y orientación espacial y se aprecia cierta lentitud perceptiva.
  • Memoria: rendimiento bajo en el mantenimiento y manipulación de datos numéricos.
  • Autoconcepto: éste suele ser negativo, presentando bajo autoestima e inseguridad.
  • Atribuciones: los sujetos con esta problemática suelen atribuir sus fracasos a escasa capacidad y los éxitos a factores ajenos como la suerte.
  • Conducta: los niños con discalculia suelen emitir respuestas de carácter impulsivo.
  • Ansiedad: la incapacidad para resolver las tareas les provoca angustia y malestar.
  • Estrategias metacognitivas: desconocimiento sobre los pasos a seguir para resolver problemas.

La discalculia, tal como se ha indicado, suele presentarse con ansiedad frente a las matemáticas. Esta circunstancia se caracteriza por sentimientos de tensión y miedo que interfiere en el rendimiento en las tareas relacionadas con las matemáticas. La principal consecuencia son la emisión de conductas de evitación y un autoconcepto negativo.

Con lo cual, un diagnóstico temprano es importante para poner en marcha una rehabilitación para mejorar los déficits. Además de una evaluación al alumno, se hace necesario extraer información del contexto familiar y escolar. El plan de intervención debe ser totalmente personalizado e individualizado para cada caso, usando ejercicios cuya temática incluya los intereses del niño. Asimismo, es imprescindible fomentar la autoestima y dotar de estrategias motivacionales para enfrentarse a los miedos e ir abandonando las conductas de evitación.

 

 

 

 

 

Desirée Castellano Olivera, psicóloga sanitaria y neuropsicóloga

BIBLIOGRAFIA

Castejón, J. L. y Navas, L. (2011). Dificultades y trastornos del aprendizaje y del desarrollo en infantil y primaria. Editorial Club Universitario

Fiuza Asorey, M. J., Fernández Fernández, M. P. (2014). Dificultades de aprendizaje y trastornos del desarrollo. Manual didáctico. Ediciones Pirámide

Rosselli, M. y Matute, E. (2011). La Neuropsicología del Desarrollo Típico y Atípico de las Habilidades Numéricas. Revista Neuropsicología, Neuropsiquiatría y Neurociencias, 11(1), 123-140

Tejedor, B., Santos, M. A. , García-Orza, J., Carratalà, P. y Navas, M. (2009). Variables explicativas de la ansiedad frente a las matemáticas: un estudio de una muestra de 6º de primaria. Anuario de Psicología, 40 (3), 345-355

Teruel Romero, J. y Latorre Latorre, Á. (2014). Dificultades de aprendizaje. Intervención en dislexia y discalculia. Ediciones Pirámide

 

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