Ser adicto

13 Mar 2020 Noticias
Vivimos en cárceles de cristal. En esta sociedad, tan apegada a la hiperespecialización como al marketing, surgen las condiciones idóneas para la tan temida deshumanización de las personas. Nuestro sistema laboral y educativo, que hunde sus raíces en el capitalismo y en preceptos filosófico-religiosos claramente coercitivos, prioriza el “modo hacer”, encumbrando la cultura del esfuerzo y la individualidad. Esta misma estructura, posteriormente, se ha revelado como paradójica, forzando a la persona a enfrentarse a un dilema irresoluble:
1-       Por un lado, dentro de un régimen de “bonus” y objetivos, se exige al trabajador/estudiante que se ajuste, “con buena letra” y “excelentes notas”, a una escala de valores y unos estándares alejados de las contingencias ambientales naturales. Esto es, caracterizados por la artificialidad y que sólo obedecen a los intereses de una minoría.
2-       Por otro lado, esta exigencia, a la cual podemos calificar como “sobreexigencia” o como “exigencia no natural”, no se ve correspondida por el instrumentalismo necesario. Es decir, se le pide al individuo que alcance metas que no siente como personales para, más tarde, no otorgarle los medios ni los recursos necesarios para lograrlo. Y es a pesar del auge del materialismo y del avance tecnológico, hay empresas que sólo se logran con el apoyo, humano y compasivo, de un otro, ya sea un progenitor, un superior, un hermano mayor o un compañero.Este escenario de “hazlo bien, pero hazlo a mi manera” junto con el “pero búscate la vida para ello” crea el caldo de cultivo propicio para que el ser humano, con ente interdependiente de su entorno, trate de escapar de sí mismo, en un claro proceso de alienación y evitación experiencial.

Al renunciar, de manera gradual e implícita, a nuestra esencia personal, en pos de la maquinaria productiva del llamado “Estado”, nos desconectamos de nuestros valores, necesidades y tendencias naturales. Esta pérdida de la espontaneidad y de, sobre todo, conexión con nuestro cuerpo, al ajustarnos a un ritmo mecánico e industrializado, nos invita a la disociación, entendida como la capacidad para separarnos y encapsular nuestros pensamientos, sentimientos, recuerdos y necesidades, al menos, aquellos que no se ajustan a los parámetros y criterios de un determinado contexto.

Esta parte de nosotros mismos que enajenamos, esto es, que permanece alienada y desconectada pugna por emerger a la consciencia. Aquello que evitamos, por miedo a ser sancionados, rechazados y/o “despedidos”, se convierte en chivo expiatorio. Todo aquello que la sociedad nos invita a desechar y reprimir, en aras de la deseabilidad social y el correcto devenir del mercado de trabajo, puede adoptar la forma de un “monstruo” o “cáncer”, fácilmente demonizado. Y, uno de los monstruos favoritos en la narrativa neoliberal occidental es la adicción.

“Ser adicto”, en este marco sociohistórico y cultural, es poco más que portar un signo “oscuro” de maldición, lo cual correlaciona con elevados niveles de culpabilidad, vergüenza y secretismo. Y la adicción, congruentemente, es tomada como un vil personaje al que hay que repudiar y extirpar tanto del individuo como de la sociedad. Es fácil olvidar, por lo tanto, cuánta vulnerabilidad, cuánta ternura y cuánto dolor se esconde bajo un comportamiento etiquetado como compulsivo, impulsivo o dependiente. En esa pérdida de conexión y de sensibilidad, tanto con nosotros mismos como con los demás, renunciamos a parte de nuestra humanidad al diagnosticar la adicción como “enfermedad mental” y a la persona que la padece como un “drogodependiente o yonkie”.

En Centros EQ, debido a nuestra formación en Inteligencia Emocional, intentamos ser conscientes y sensibles a la realidad humana, social y afectiva que rodea y, al mismo tiempo, da cuerpo a un problema de adicción. Poniendo el foco en la llamada “autorregulación emocional” (cómo nos manejamos con nuestras emociones cuando estamos solos) y en la “regulación relacional” (cómo afrontamos y expresamos nuestros afectos acompañados) buscamos una intervención psicológica que respete la visión integral de la adicción, sin desdeñar ni un ápice el grado de sufrimiento y de interferencia vital que pueda suponer pero priorizando una visión de la adicción como un intento, desesperado pero inteligente, por sobrevivir a un contexto sociolaboral que continuamente nos pone trabas, a todos, para conectar con nuestra autenticidad, nuestra energía vital y, en definitiva, nuestro potencial de crecimiento y expansión como seres humanos.

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